Félix Alfázar González Mira
Así como en el antiguo Imperio Romano se afirmaba que todos los caminos conducían a Roma, hoy puede sostenerse, con sustento histórico, que los caminos que llevaron a la grandeza de Antioquia se forjaron en la segunda mitad del siglo XIX. Fue entonces cuando la región, primero como Estado federal y luego como Estado soberano, consolidó las bases de su desarrollo, tal como lo vislumbró Antonio Mon y Velarde a finales del siglo XVIII al advertir que algún día sería “la provincia más avanzada del reino”.
Ese arreglo institucional otorgó a Antioquia una amplia autonomía fiscal, política y administrativa. La región pasó de administrar rentas limitadas a gestionar cerca del 48 % de los recursos, una realidad muy distante de la actual, donde el centralismo concentra el 86 % de las rentas nacionales y deja a departamentos y municipios apenas el 14 %.
En ese contexto de soberanía y fortalecimiento fiscal, Antioquia emergió como un actor protagónico en el escenario nacional. Con la Constitución de Rionegro de 1863 como punto de consolidación, la dirigencia pública y privada emprendió la tarea de romper el aislamiento impuesto por la geografía montañosa y los rezagos coloniales. Surgieron entonces avances decisivos en educación técnica, salud, minería, comercio, agricultura cafetera e infraestructura vial, con caminos y puentes que transformaron el territorio.
La capacidad de decidir desde y para la región permitió que jóvenes antioqueños se formaran en el exterior. Uno de ellos fue José María Villa Villa, quien, inspirado en el puente de Brooklyn en Nueva York, concibió la idea de levantar una estructura similar sobre una garganta del río Cauca, destinada a impulsar el desarrollo del Occidente antioqueño y a abrir el camino hacia Urabá y el mar.
Todo ello fue posible sin la mediación de un centralismo lento y concentrador de recursos. Experiencias contemporáneas, como la prolongada construcción de la segunda pista del aeropuerto José María Córdova, contrastan con esa época. El puente, concebido junto a Pedro Justo Berrío, fue resultado de un modelo empresarial propio del Estado Soberano de Antioquia, financiado con recursos públicos y privados y puesto al servicio de la región por Marceliano Vélez.
En su tiempo, el Puente de Occidente fue el puente de madera más grande del mundo y el segundo más largo de América del Sur. La conmemoración de sus 130 años motivó a su sobrino tataranieto, el arquitecto Juan Francisco Villa, a rendir homenaje al ingeniero de Sopetrán mediante el lanzamiento de un museo virtual dedicado a la obra.
Asimismo, se anunció la creación de la Corporación José María Villa Villa, liderada por Jhon Edison Ospina, del municipio de Olaya, y se instaló una escultura de tamaño natural del llamado “violinista de los puentes”, apodo que aludía tanto a su afición musical como a su legado ingenieril. Villa construyó, además, los puentes sobre el río Cauca en La Pintada, Puente Iglesias, Pescadero y Cáceres, y contribuyó a la edificación del puente Navarro sobre el río Magdalena, en Honda, Tolima.
El Puente de Occidente fue, para el siglo XIX, una obra monumental de ingeniería civil, comparable a los grandes desafíos técnicos que hoy representa Hidroituango en el siglo XXI. Esta efeméride debe servir también para reactivar la aspiración de que el puente sea declarado Patrimonio Material de la Humanidad por la Unesco, como el primer bien de esta categoría en Colombia construido por ingenieros nacionales. Las murallas de Cartagena, únicas con ese reconocimiento en el país, fueron levantadas por españoles.
Se trata de una causa que convoca a todos: la Gobernación de Antioquia, el Instituto de Cultura y Patrimonio, las alcaldías de Santa Fe de Antioquia y Olaya, la Academia Antioqueña de Historia y los centros de historia de Santa Fe de Antioquia y Sopetrán.
Que los 130 años del Puente de Occidente nos recuerden que la grandeza de Antioquia se consolidó cuando contó con autonomía y fortaleza fiscal y política. Hoy, Colombia necesita avanzar en ese mismo camino, otorgando mayor poder fiscal, administrativo y político a sus regiones como condición indispensable para un desarrollo integral y sostenible.

