Una huella fósil conservada en rocas del Cretácico Superior de Alberta, en el oeste de Canadá, ofrece una pista extraordinaria sobre el tamaño que podían alcanzar los pterosaurios que habitaban Norteamérica hace más de 70 millones de años. El rastro, atribuido de manera tentativa a la mano de un gran pterosaurio, mide aproximadamente 25,5 centímetros de longitud y fue utilizado por los investigadores para estimar que el animal que lo produjo pudo haber alcanzado una envergadura cercana a 7,7 metros.
Aunque a primera vista podría parecer simplemente otra huella fósil, el hallazgo tiene especial relevancia porque los restos de pterosaurios del Cretácico son relativamente escasos y, en muchos casos, aparecen representados por huesos aislados o fragmentarios. Las características de esta impresión permiten aproximarse no solo a la presencia de estos reptiles voladores en la región, sino también a sus dimensiones y a la manera en que utilizaban el suelo.
La investigación fue publicada por los paleontólogos Phil R. Bell, Federico Fanti y Robin Sissons en la revista científica Lethaia. Los autores describieron el ejemplar como una posible huella de la mano de un pterosaurio procedente de la Formación Wapiti, en Alberta.
Una huella excepcionalmente grande
El fósil estudiado no corresponde a un esqueleto completo ni a un hueso aislado. Se trata de un icnofósil, es decir, una evidencia de la actividad de un organismo que quedó preservada en el registro geológico.
En este caso, los investigadores interpretaron la estructura como una posible impresión de la mano o manus de un pterosaurio. La huella alcanza los 25,5 centímetros, una dimensión considerable para este tipo de registro.
Su morfología llamó particularmente la atención porque presenta una disposición de los dedos compatible con la anatomía conocida de los pterosaurios. Los autores señalaron que la relación entre los dedos —con el primer dedo más corto que el segundo y el segundo más corto que el tercero— es consistente con la condición considerada primitiva dentro de los pterosaurios.
A partir de las proporciones de la huella y de comparaciones con otros pterosaurios, se estimó que el animal responsable pudo haber tenido una envergadura aproximada de 7,7 metros.
Por eso, aunque suele redondearse la cifra a ocho metros, es más preciso hablar de 7,7 metros de envergadura estimada.
No era un dinosaurio
Uno de los aspectos fundamentales para comprender el hallazgo es distinguir entre pterosaurios y dinosaurios.
Los pterosaurios fueron reptiles voladores que vivieron durante la era Mesozoica, al mismo tiempo que los dinosaurios, pero no eran dinosaurios propiamente dichos. Ambos grupos pertenecían al gran linaje de los arcosaurios y compartían un ancestro evolutivo lejano.
Los pterosaurios fueron, además, los primeros vertebrados conocidos que desarrollaron la capacidad de realizar vuelo activo, una diferencia importante respecto de animales que simplemente planeaban.
Su anatomía estaba especialmente adaptada al vuelo. Las alas estaban formadas por una membrana de piel y otros tejidos que se extendía principalmente desde el cuerpo hasta un dedo extremadamente alargado de la mano.
En los ejemplares de mayor tamaño, esta estructura permitía alcanzar dimensiones extraordinarias. Durante el Cretácico Superior existieron algunos de los animales voladores más grandes conocidos por la ciencia, con envergaduras que superaban ampliamente la de cualquier ave moderna.
Un gigante en el paisaje del Cretácico
La huella de Alberta procede de la Formación Wapiti, una unidad geológica que conserva una importante cantidad de evidencias de la vida que habitó el oeste de Norteamérica durante el Cretácico Superior.
Los depósitos de esta formación corresponden principalmente a ambientes continentales y fluviales. Según los investigadores, la zona donde se produjo la huella estaba situada a unos 400 kilómetros de la línea costera más cercana, lo que resulta especialmente interesante para reconstruir el modo de vida de estos reptiles. Además, los depósitos se formaron a una paleolatitud aproximada de 65 grados norte, considerablemente más septentrional que muchas de las localidades clásicas donde se conocen pterosaurios.
El paisaje, por tanto, no debe imaginarse como el Canadá actual. Hace más de 70 millones de años, las condiciones ambientales, la distribución de los continentes y el clima eran muy diferentes.
La Formación Wapiti conserva evidencias de diversos animales del Cretácico, entre ellos dinosaurios herbívoros y carnívoros, además de otros vertebrados. Estudios posteriores sobre sus icnitas han confirmado que la región posee un registro particularmente importante de huellas de vertebrados.
¿Cómo se pudo calcular una envergadura de casi ocho metros?
Aquí se encuentra una de las partes más interesantes —y también una de las que requiere mayor cautela— de la investigación.
Los científicos no encontraron un pterosaurio completo de 7,7 metros.
Lo que encontraron fue una huella que probablemente corresponde a una de sus manos. A partir del tamaño y la forma de esa impresión, los investigadores realizaron una estimación comparativa de las dimensiones del animal.
Este procedimiento es habitual en paleontología cuando el registro fósil está incompleto. Los científicos comparan una estructura preservada con ejemplares conocidos y utilizan las proporciones anatómicas para obtener una aproximación del tamaño corporal.
Por esa razón, la cifra de 7,7 metros debe entenderse como una estimación, no como una medición directa.
Además, la identificación de la huella como perteneciente a un pterosaurio es descrita científicamente como tentativa. Los investigadores encontraron características compatibles con una mano de pterosaurio, pero una huella aislada no permite determinar con absoluta certeza el género o la especie que la produjo.
Una evidencia diferente a los fósiles óseos
Los fósiles suelen asociarse inmediatamente con huesos, dientes o esqueletos. Sin embargo, las huellas también constituyen una fuente fundamental de información para la paleontología.
Estas evidencias reciben el nombre de icnitas y pueden registrar actividades que difícilmente quedarían reflejadas en los huesos.
Una huella puede proporcionar información sobre el tamaño de un animal, su forma de desplazarse, la posición de sus extremidades e incluso, en determinados casos, aspectos de su comportamiento.
En el caso de los pterosaurios, las huellas son especialmente valiosas porque sus huesos eran relativamente ligeros y delicados. Esta característica resultaba esencial para reducir el peso durante el vuelo, pero también hacía que sus esqueletos fueran más difíciles de conservar en el registro fósil.
De hecho, los investigadores han señalado que los restos de pterosaurios gigantes son poco frecuentes precisamente por la fragilidad de sus huesos.
El contexto de los grandes pterosaurios de Norteamérica
La existencia de un pterosaurio con una envergadura cercana a ocho metros en Alberta no es un hecho aislado.
Durante el Cretácico Superior, Norteamérica fue hogar de algunos de los mayores reptiles voladores conocidos. Entre ellos se encuentra Quetzalcoatlus, un azdárquido gigantesco descubierto en Texas, cuya envergadura ha sido estimada en alrededor de 10 metros o más dependiendo de las reconstrucciones y ejemplares considerados.
En Alberta también se conocen restos de grandes azdárquidos. Décadas después de los primeros hallazgos, parte de ese material fue reinterpretado y en 2019 se describió Cryodrakon boreas, una especie de pterosaurio gigante procedente de la Formación Dinosaur Park.
El estudio que estableció Cryodrakon boreas demostró que algunos restos que anteriormente se habían atribuido provisionalmente a Quetzalcoatlus pertenecían en realidad a un género diferente. Los ejemplares más grandes conocidos de Cryodrakon sugieren una envergadura de hasta aproximadamente 10 metros.
Esto proporciona un contexto importante: un pterosaurio de aproximadamente 7,7 metros no habría sido un animal excepcionalmente pequeño dentro del mundo de los gigantes del Cretácico Superior, aunque sí habría sido un enorme vertebrado volador.
¿Qué eran los azdárquidos?
Los azdárquidos fueron uno de los grupos más impresionantes de pterosaurios.
Se caracterizaban por tener cuellos muy largos, cabezas grandes, picos generalmente desprovistos de dientes y extremidades adaptadas tanto para caminar como para volar.
Su aspecto habría sido muy diferente al de las representaciones populares de pequeños «pterodáctilos» revoloteando alrededor de los dinosaurios.
Algunos de estos animales alcanzaron alturas comparables a las de animales terrestres modernos de gran tamaño cuando se encontraban erguidos. Su enorme envergadura también les permitía desplazarse por grandes áreas en busca de alimento.
Durante años existió un debate sobre la forma exacta en que los azdárquidos conseguían alimento. Algunas hipótesis los han relacionado con la captura de animales acuáticos, mientras que otras investigaciones han propuesto que podían comportarse como grandes depredadores terrestres, recorriendo el suelo sobre sus cuatro extremidades y capturando pequeños animales.
Un ecosistema lleno de dinosaurios
La huella del pterosaurio también permite acercarse al ecosistema en el que vivió.
La Formación Wapiti corresponde a un ambiente continental en el que existían sistemas fluviales y llanuras de inundación. El registro fósil de la zona incluye numerosos dinosaurios y otros vertebrados.
Los estudios de las huellas de esta formación han identificado diferentes tipos de rastros atribuidos a tiranosáuridos, terópodos de tamaño mediano, hadrosaurios y anquilosaurios, entre otros animales.
En otras palabras, aquel paisaje habría sido un ecosistema complejo, donde grandes herbívoros y depredadores compartían territorio con reptiles voladores, pequeños vertebrados y otros animales.
El pterosaurio habría sido parte de esta comunidad y, dependiendo de su comportamiento alimenticio, pudo aprovechar recursos tanto en tierra como asociados a cuerpos de agua.
El misterio de los pterosaurios en el oeste de Canadá
El hallazgo resulta especialmente interesante por la región donde apareció.
Los fósiles de pterosaurios del Cretácico Superior en el oeste de Norteamérica no son tan abundantes como los de muchos dinosaurios. En Alberta se conocen restos de azdárquidos, pero muchos consisten en fragmentos aislados.
En la costa occidental de Canadá, por ejemplo, también se ha identificado material de pterosaurios procedente de Hornby Island, en Columbia Británica. Uno de estos ejemplares corresponde a un pterosaurio azdárquido relativamente pequeño, con una envergadura estimada cercana a 1,5 metros.
La existencia de diferentes tamaños y tipos de pterosaurios demuestra que estos animales ocuparon diversos ambientes y nichos ecológicos en lo que actualmente es Canadá.
Una historia que comenzó mucho antes de la publicación
La huella descrita en el estudio no representa un descubrimiento reciente en el sentido periodístico actual. La investigación científica fue publicada en 2013.
Esto es importante para contextualizar correctamente la noticia: el hallazgo no debe presentarse como un descubrimiento ocurrido en 2026. Se trata de una evidencia paleontológica que fue estudiada y publicada hace más de una década y que continúa siendo relevante para comprender la distribución y el tamaño de los grandes pterosaurios de Norteamérica.
Además, investigaciones posteriores sobre la Formación Wapiti han seguido estudiando las huellas de vertebrados de la región y han encontrado nuevas evidencias que ayudan a reconstruir la fauna del Cretácico Superior.
Un estudio publicado sobre las huellas de la localidad conocida como Tyrants Aisle, por ejemplo, identificó otro posible rastro de pterosaurio azdárquido dentro de la misma formación. Los autores señalaron que las huellas constituyen una evidencia importante de la presencia de estos reptiles en el ecosistema de Wapiti.
¿Y qué pasó con estos gigantes?
Los pterosaurios dominaron los cielos durante más de 150 millones de años, desde el Triásico hasta el final del Cretácico.
Su desaparición ocurrió en el contexto de la extinción masiva de hace aproximadamente 66 millones de años, el mismo acontecimiento que acabó con todos los dinosaurios no avianos y con numerosos grupos de organismos terrestres y marinos.
Las causas de aquella extinción están relacionadas principalmente con el impacto del asteroide que produjo el cráter de Chicxulub, aunque los cambios ambientales y volcánicos del final del Cretácico también forman parte de la investigación científica sobre aquel periodo.
Los pterosaurios no sobrevivieron a ese evento. Las aves, en cambio, sí lograron atravesar la crisis y constituyen hoy el único linaje de dinosaurios que continúa existiendo.
Un pequeño rastro de un animal gigantesco
La importancia de esta huella está precisamente en el contraste entre su tamaño y la información que puede proporcionar.
Una impresión de apenas 25,5 centímetros conservada en una roca puede revelar la presencia de un animal cuya envergadura habría sido aproximadamente 300 veces mayor que la longitud de la propia huella.
Y aunque los científicos no pueden reconstruir con precisión absoluta el aspecto del individuo que dejó el rastro, la evidencia encaja con un panorama cada vez más claro: durante el Cretácico Superior, los cielos del oeste de Canadá estuvieron habitados por reptiles voladores capaces de alcanzar dimensiones extraordinarias.
Por ello, más que una simple «huella de dinosaurio», el hallazgo representa una ventana hacia un ecosistema desaparecido hace millones de años. La evidencia permite reconstruir, con las limitaciones propias del registro fósil, cómo animales gigantes podían desplazarse por paisajes fluviales situados muy al norte de su distribución moderna.
Y también recuerda una de las características más fascinantes de la paleontología: no siempre hace falta encontrar un esqueleto completo para descubrir que un gigante estuvo allí. Una sola huella puede ser suficiente para dejar constancia de su existencia.




