Colombia atraviesa una profunda crisis de convivencia. La polarización no solo divide opiniones, sino que ha calado en el alma colectiva, generando un clima de desconfianza y resentimiento que amenaza nuestro tejido social. Es particularmente preocupante en especial observar cómo algunos sectores radicales de la izquierda, tras perder las elecciones democráticas, han optado por el lenguaje del odio y la confrontación permanente, en lugar de la autocrítica y la propuesta constructiva. Este camino no conduce a nada bueno para nadie; al contrario, nos aleja del progreso anhelado.
Esta actitud no solo es irresponsable, sino peligrosa. Si sus dirigentes; pero en especial algunos docentes formadores de futuras generaciones, se convierten en transmisores de ese rencor político, ¿qué estamos enseñando en nuestras aulas? ¿Se cumple el currículo o se instrumentaliza a niños y jóvenes, carentes aún de la madurez para discernir en coyunturas complejas que llevan décadas gestándose? La educación debe formar ciudadanos libres, críticos y respetuosos, no militantes adoctrinados. Nuestros hijos merecen aprender a pensar con independencia, no a repetir consignas partidistas sin fundamento.
El país votó por Abelardo De La Espriella buscando cambios reales, y no por revanchas. La izquierda de Petro tuvo una oportunidad histórica, pero la desaprovechó con una gestión inestable, superando 60 ministros en tres años. Sus choques con la justicia, el Congreso y los órganos de control, sumados a una corrupción creciente, deterioraron la institucionalidad y también las relaciones internacionales. Colombia apenas alcanzó 37 puntos en el Índice de Percepción de la Corrupción 2025, ocupando el puesto 99 de 182 países. Mientras la realidad empeora, muchos promulgan indicadores sin fuentes técnicas reales, intentando maquillar cifras que evidencian el gran fracaso de su mal gobierno.
A esto se suma la desatención a regiones, promesas incumplidas a municipios y departamentos, el deterioro en salud y seguridad, y un discurso hostil hacia el sector empresarial, sin distinguir entre grandes corporaciones y pequeños emprendedores. Estos últimos viven con temor constante ante una carga tributaria y laboral que asfixia la iniciativa privada, justo cuando más se necesita para generar empleo y bienestar. La economía creció apenas un 2,6 % en 2025, según el DANE, insuficiente para cerrar brechas sociales profundas.
Las amenazas de desobediencia civil, marchas permanentes y protestas no conducen a soluciones de fondo. Solo profundizan la grieta y paralizan el progreso. El momento exige madurez, diálogo y armonía. Construir país no es tarea de un bando, sino de todos. Es hora de dejar atrás el odio, reconocer errores y mirar juntos hacia adelante con esperanza renovada, compromiso ciudadano y visión compartida.
La transformación exige respeto, no desprecio. Colombia necesita puentes, no trincheras. La democracia se construye con tolerancia. Elige el entendimiento sobre el resentimiento, por la paz de nuestras futuras generaciones.
Por: Javier Recalde Martínez.


