¿Por qué somos como somos?

Por: Jaime Leal Afanador

La actual España, en buena parte, admira nuestro mestizaje. Personalmente, admiro a su democracia que, entre vientos y mareas históricas, hoy da ejemplo a pesar de sus controversias tras haber dado en los últimos treinta años un enorme salto social a favor de toda su población.

Cristóbal Colón, gestor de la Conquista en representación de la Corona Española, de la que somos hijos, nos describió así hace 532 años:

“En estas islas no he hallado hombres monstruosos, como muchos pensaban, más antes es toda gente de muy lindo acatamiento…”

Así, el genovés Colón daba su impresión sobre los habitantes que halló en Tierras de Indias, en 1492, permitiéndonos con ello revisar en detalle la hipótesis que ha hecho carrera en el sentido de que los españoles llegaron a evangelizar a un grupo de bárbaros.

La polarización de la que tanto hablamos hoy (izquierda- derecha; gobierno – oposición), no es nueva. Es herencia de una nación formada en las antípodas como producto del encuentro (o choque) entre dos culturas, ajenas, en su génesis, al diálogo y a la concertación.

De allí las guerras fratricidas y la “evolución” de una cultura basada en visiones opuestas del mundo y de la idealizada verdad: Conquistadores y conquistados, colonizadores y colonos, patriotas y realistas, federalistas y centralistas, liberales y conservadores, capitalinos y provincianos, ricos y pobres, esclavos y terratenientes, creyentes y ateos… en fin, todo resumido en buenos y malos. Aunque no es claro, después de más de cinco siglos, de millones de muertos por la violencia y miles de leyes, cuál es mejor o peor. Creo, como los españoles de hoy, que lo mejor es nuestro grandioso mestizaje.

Estos antecedentes permiten, en mucho, responder a la pregunta de ¿por qué somos como somos?, y partir de allí para entender esa confusa convivencia nacional que experimentamos entre peligrosísimas sociopatías y una infinita desesperanza, y la nobleza, la sencillez, el buen humor y el espíritu trabajador, con la malicia que raya en maldad, el avivamiento que roza en egoísmo y el auto enriquecimiento que desconoce la solidaridad.

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Ese espíritu nacional, que identifica nuestras esperanzas, motivaciones y expectativas, así como la calidez de quienes nos identificamos con esta patria, es el que he llamado “Colombianitud”, mismo nombre del último libro que acabo de publicar, y con el que realizo una “reflexión de cómo un sistema educativo de vanguardia puede orientar nuestra visión colectiva de nación próspera y en paz” y funcionar como «una fórmula redentora para que la violencia, la historia de exclusión e inequidad y la corrupción(…) no sigan siendo los elementos que definan el imaginario de lo que lo que somos”.

Solo el día que aseguremos ello, habremos asegurado un buen relevo generacional.