¿Por qué Nariño dejó de ser un territorio pacífico?

Por: Alina Constanza Silva

Este texto es la primera parte de una serie de columnas que buscan comprender cómo y por qué Nariño pasó de ser percibido durante décadas como un territorio relativamente pacífico a enfrentar hoy complejas dinámicas de violencia, economías ilegales y disputas armadas. Debido a las limitaciones de extensión 400 palabras por publicación, el análisis se desarrollará en varias entregas. En las próximas columnas se profundizará en los factores históricos, económicos y políticos que explican esta transformación y sus efectos en la vida social y territorial del departamento.                                                                                                  

De la tranquilidad al conflicto: ¿por qué Nariño dejó de ser un territorio pacífico?

Durante décadas, Nariño fue reconocido como un territorio de paz en comparación con otras regiones del país. Mientras en distintas zonas de Colombia el enfrentamiento con grupos armados se desarrollaba con crudeza, este departamento del suroccidente parecía mantenerse al margen, sustentado en una fuerte identidad cultural, economías locales tradicionales y una vida comunitaria arraigada. Sin embargo, este panorama cambió de manera acelerada. Hoy, amplias zonas de Nariño enfrentan violencia persistente, economías ilegales y disputas territoriales. ¿Qué ocurrió?

La transformación del departamento responde a la convergencia de múltiples factores. En primer lugar, su ubicación estratégica ha sido determinante: la salida al océano Pacífico, la cercanía con Ecuador y su compleja geografía —selvas, montañas y corredores fluviales— lo convierten en un territorio propicio tanto para el comercio legal como para las actividades ilícitas. En este contexto, Tumaco se consolidó como un enclave del narcotráfico al facilitar la salida de cocaína hacia mercados internacionales. A ello se suma la débil presencia del Estado en zonas rurales, lo que abrió espacio para la consolidación de actores armados ilegales (Fundación Ideas para la Paz, 2023).

El auge de los cultivos de uso ilícito profundizó esta transformación. Estos se expandieron en la llanura del Pacífico hasta posicionar a Nariño como uno de los principales productores de coca en el país, impulsado por su alta rentabilidad frente al debilitamiento de las economías agrícolas tradicionales (UNODC, 2023). La marginalidad, la falta de infraestructura y la ausencia de oportunidades económicas convirtieron a la coca en una alternativa casi inevitable para muchas comunidades. Este fenómeno transformó la economía local y atrajo organizaciones criminales que comenzaron a disputar y controlar el negocio.

Un punto de inflexión se produjo tras el acuerdo de paz de 2016. La desmovilización de las FARC generó un vacío de poder en territorios donde este grupo ejercía control. En Nariño, dicho vacío fue ocupado por disidencias, grupos armados organizados y bandas narcotraficantes, lo que intensificó las disputas por rutas, cultivos y control social. La fragmentación de estos actores incrementó la violencia y la inseguridad (Fundación Ideas para la Paz, 2023).

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