¿Por qué fracasan los gerentes?

Esta pregunta la realizaron los ganadores del premio nobel de economía el año pasado para explicar el fracaso de las naciones ¿Por qué fracasan las naciones? Sin embargo, es pertinente también para evidenciar las razones por las cuales los directores, gerentes, presidentes ejecutivos, o interventores fracasan aquellas entidades que dirigen y, también, sus juntas directivas. Entonces, la pregunta pertinente al tema debería ser ¿el fracaso del ejecutivo: cuando las juntas directivas y la sociedad también fracasan?

La dirección de organizaciones de carácter privado, público o sin ánimo de lucro atribuye al éxito o fracaso a las personas que son contratadas para su conducción. Cuando una empresa colapsa, se evidencian escándalos de corrupción y, por ende, la atención publica se concentra en quien ocupa la máxima posición ejecutiva. Sin embargo, el peor desempeño de un directivo rara vez es un fenómeno individual. Detrás de una gestión desastrosa suelen encontrarse juntas directivas complacientes, sistemas de control débiles y una sociedad que observa con indiferencia hasta que las consecuencias se vuelven inevitables. Entonces, surge otra pregunta ¿Cómo un mal ejecutivo destruye valor, así como las juntas y funcionarios encargados de supervisar permiten que ello ocurra?

El peor desempeño de un gerente, director, presidente ejecutivo o interventor se alcanza cuando deja de actuar como administrador de los intereses colectivos y convierte la organización en un instrumento de intereses particulares; es decir, cuando aparecen las siguientes características: concentración excesiva del poder, perdida de transparencia y uso ineficiente o indebido de los recursos. Lo anterior genera disminución de la productividad, deterioro financiero, perdida de confianza, conflictos internos y quiebra institucional.

A propósito, en Nariño y su capital Pasto se presentan numerosos ejemplos. El caso de Confamiliar, la Camara de Comercio de Pasto, Sepal, Veolia, Colacteos, Nueva EPS, Corponariño, etc. En algunas de las mencionadas, la dirección ejecutiva obsesionada con las apariencias y el crecimiento artificial terminan ocultando la realidad administrativa y financiera de la organización incluyendo la manipulación contable para mantenerse durante años cuando los mecanismos de supervisión fallan. No obstante, no se puede culpar solo al ejecutivo, sino a los integrantes de sus correspondientes juntas directivas.

Las juntas directivas existen para evitar la concentración excesiva de poder; es decir, su función es supervisar, cuestionar y evaluar la gestión ejecutiva. Un fracaso de la junta directiva se evidencia en la complacencia de los directivos que evitan confrontar al ejecutivo por amistad, afinidad política o intereses económicos. Además, la falta de independencia que lleva a la junta de manera subordinada al ejecutivo que debería supervisar. Aunado a lo anterior, un débil control financiero: se aprueban contratos, proyectos y gastos sin análisis adecuado y con complacencia de auditores. A todo ello se suma la ausencia de rendición de cuentas. También, es frecuente que los resultados negativos se justifiquen continuamente sin señalar o exigir corrección. El problema no radica únicamente en la incompetencia. En muchos casos existe una cultura organizacional donde el cuestionamiento es visto como una amenaza y no como una responsabilidad. La gobernanza depende de mecanismos institucionales capaces de controlar el poder ejecutivo porque cuando esos mecanismos desaparecen, la organización entra en errores, abusos y corrupción

Facebook
Twitter
LinkedIn
Pinterest