Historias de la Plaza de Nariño

Un día en la Plaza de Nariño, es como un libro abierto que cuenta muchas historias, algunas alegres, otras tristes, en medio de docenas de palomas que buscan el alimento que les da la gente, ante la mirada pétrea del general Antonio Nariño.

Frente a la zona bancaria, los vendedores de lotería o de ilusiones, tratan de convencer a sus clientes, que ese sí, va a ser el número premiado con el que se ganarán miles de millones de pesos, para vivir sabroso, como dice la vicepresidenta de la república, Francia Marqués. mientras tanto, a un lado se ofrecen calendarios de Pielroja, nuestro señor Jesucristo, de intensos ojos azules y una barba que parece haber recibido la atención de un estilista y de nuestra señora de lajas, quienes comparten espacio con rejillas para el lavamos y encendedores baratos.

En la plaza, también encontramos a los emboladores, muchos de los cuales ya pasan de los 60 años y comenzaron en esa actividad de sacarle brillo a los zapatos, cuando eran niños y El corazón de Pasto, ofrecía una imagen muy diferente a la de ahora. muchos de ellos ya dejaron ese mundo terrenal, después de muchisímos años de trabajo, como don Carlos, quien llevaba en ese oficio màs de 60 años y estoy seguro, por su bondad, que en estos momentos le está lustrando los zapatos ¿o las sandalias?, a San Pedro.

En los bancos de la plaza, vemos muchas veces las imágenes de quienes lamentablemente han caído en las garras del alcoholismo y, desde las primeras horas de la mañana, se dedican a consumir alcohol casi puro. es una visión que me entristece bastante, puesto que, en ese grupo de desarrapados, veo dos o tres personas, quienes fueron mis amigos, abogados comerciantes y profesores.  que alguna vez llevaron una vida próspera, pero por su vicio, perdieron sus hogares, negocios y trabajo, como la exfuncionaria de la secretaria de tránsito de pasto, que hoy anda vende dulces en una cajita, en un intento de recuperación, pero de tiempo en tiempo, vuelve a recaer.

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Lo cierto es que, en el entorno de la Plaza de Nariño, encontramos de todo, vendedoras de helados, dulces, pastillas de jengibre, gafas para leer, controles para los televisores, comida rápida, obleas remedios para tumbar los callos y no puede faltar en el centro de la plaza, la gitana ya de edad y mirada penetrante que ofrece leerles a los transeúntes, la palma de la mano.

No he vuelto a ver a los culebreros que reunían cantidades de personas a su alrededor, ofreciendo medicamentos que, según ellos, son mejores que el viagra y ponen a sus consumidores como toros, lo cual no deja de inquietarme un poco. bueno, se preguntarán ustedes porque sé tanto de la plaza. pues bien, eso se debe a que hago parte de los periodistas politólogos que todos los días nos reunimos alrededor del árbol de la sabiduría para hablar de todo el mundo sin sostenerle a nadie.