Perdonar a quienes causaron tanto dolor

Por: Fernando Alexis Jiménez

La tragedia de Hiroshima y Nagasaki nos recuerdan hasta qué punto es capaz de llegar la barbarie humana.

Jamás nadie podrá describir el terror que reflejó Howard Kakhita en su mirada cuando, lo que inicialmente le despertó curiosidad, se convirtió en una enorme bola de fuego. Era un día más que cambió la historia de su vida y la de muchas más en Hiroshima, el 6 de agosto de 1945.

Un día trágico y, aunque han pasado 80 años desde entonces, no puede sacar de su mente el día en que Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica de la historia. Las clases se habían suspendido y había regresado a su hogar a 1,3 kilómetros de la explosión. 

Kakhita es hibakusha -término utilizado para describir a los sobrevivientes de la bomba atómica en Japón-.

Tenía 7 años cuando ocurrió la explosión. Él y su hermano jugaban en el techo de la casa, cuando su abuela les advirtió que bajaran de allí porque era peligroso.

Lo que recuerda de manera vívida es un destello brillante, seguido de un estruendo. Después, perdió el conocimiento.

También otros relatos sobre la bomba lanzada sobre Nagasaki, testimonian lo que puede hacer la barbarie humana.

No podemos olvidar la tragedia ocurrida en esas dos ciudades japonesas que dejaron saldo superior a los 200 mil muertos. Fruto, como escribiría el psiquiatra Jordán Peterson, de la capacidad destructiva de alguien con deseos de venganza.

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La orden la dio una sola persona, aunque la ejecutara un contingente. Las grandes tragedias, masacres y asesinatos selectivos, muchas veces fueron ordenadas por una persona, con un corazón dañado por el rencor, los prejuicios y el resentimiento.

Una reflexión que cabe en un país como Colombia, donde las muertes se siguen sucediendo y han cubierto de dolor a familias enteras. Un país donde nos matamos por diferencias políticas o porque hay quienes tienen intereses particulares, como por ejemplo, que alguien abandone el cultivo de la coca para sustituir la producción por algo mejor, aunque menos rentable.

Un país que nos duele y en el que, aunque no lo queramos, debemos perdonar.