PAZ

Por Mauricio Fernando Muñoz Mazuera

En un mundo que cada vez grita más y escucha menos, las palabras del Papa Francisco resuenan con una contundencia incómoda: “No hay paz sin diálogo; no hay paz si no aprendemos a escuchar el dolor del otro.” No es una frase decorativa, es una advertencia.

Tristemente, durante la última semana, el sur de nuestro país se ha visto afectado por una escalada de atentados terroristas que han desestabilizado la relativa calma en la que vivíamos. Y es momento de levantar la voz.

Así como denunciamos a aquellos dirigentes que no hacen bien sus cosas, a aquellos políticos que se disfrazan de ovejas siendo lobos, así como alzamos la voz frente a las dificultades en la toma de decisiones en nuestra ciudad, hoy debemos hacerlo con más fuerza ante la violencia que nos golpea. Lo que está pasando en Colombia es triste. Lo que estamos viviendo no puede dejarnos impávidos; debe tocarnos. No podemos normalizar el miedo, ni acostumbrarnos a ver cómo la violencia se acerca a nuestras casas, a nuestras escuelas, a nuestras familias.

La paz, como lo señalo el Papa, se construye en medio del diálogo, reconociendo las necesidades del otro. No podemos desconocer las realidades ajenas. Pero reconocerlas no significa justificar la barbarie. Seguimos atrapados en una historia que parece no tener fin. Como en Cien años de soledad, vivimos ciclos interminables de dolor, de guerra, de una violencia fratricida que desangra al país. Décadas buscando la paz, y aún parece esquiva.

No podemos pasar por alto el dolor de las familias que no verán regresar a sus seres queridos, esposos, madres, hijas, hermanos que no volverán a sus casas pues cayeron victimas de este conflicto que lo único que ha hecho es dividir nuestro país a razón de nada. Conflicto que desde el anterior año se ha recrudecido incluso en nuestra ciudad, en donde aparecen motos bomba, granadas en zonas residenciales, incluso cerca de instituciones educativas. Esto no tiene justificación. Esto no admite silencio.

Es momento de levantar la voz, pero no desde un solo sector. Es toda la ciudadanía la que debe decir: no más. No podemos vivir en clave de miedo y sufrimiento. La paz no es un favor, es un derecho consagrado en nuestra Constitución.

En medio de esta crisis, resulta inadmisible, por ende, que desde algunos escenarios mediáticos se trivialice la violencia o se la mire con lentes electorales. Que un periodista —si es que puede llamarse así— sugiera que una medición de intención de voto para las venideras elecciones presidenciales “no alcanzó a cubrir los atentados” no solo es una torpeza: es una falta de humanidad y una canallada total. Reducir el dolor a un margen de error estadístico es desconocer a las víctimas y banalizar la tragedia. Esa ligereza deja al descubierto una lógica perversa que pretende instrumentalizar la guerra para sostener intereses políticos, como si las bombas fueran variables de encuesta y no heridas abiertas en la sociedad. Esto no es un dato; son vidas. Y ante eso, el silencio o la frivolidad no son opciones.

Tenemos que exigir a nuestros mandatarios, a nivel nacional y regional, acciones concretas. Seguridad en nuestras carreteras, en nuestras escuelas, en nuestros territorios. Pero también debemos exigir responsabilidad a la sociedad: no podemos permitir que el dolor se convierta en espectáculo ni en estrategia. Demostremos que en nuestro ADN no está inmersa la violencia como si se tratara de un “gen de la maldad”, sino que buscamos construir verdad, justicia y reconciliación. Porque la paz no es un discurso. Es una decisión. El que tenga oídos, que oiga.

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