En estos días del Carnaval de Negros y Blancos de Pasto, al cruzar la Plaza de Nariño, todos nos sentimos transportados a la Torre de Babel. al escuchar voces en cantidades de idiomas. Como ahora, la enseñanza de la religión y la lectura de la Biblia no están muy extendidas, seguramente no faltarán quienes se pregunten cual es esa torre y de pronto, la asocian con las torres que hay en la Comuna 10.
No, el relato bíblico dice que después del Diluvio los descendientes de Noe se asentaron en la llanura de Sinar hoy Irak, y llenos de vanidad se les ocurrió la idea de construir una torre que llegara hasta el cielo, como símbolo de su poder. En ese tiempo, todos hablaban el mismo idioma, por lo que los trabajos iban de maravilla, pero Dios se puso furioso por su arrogancia y les confundió las lenguas, por lo que, a partir de ese momento, no se volvieron a entender y la obra se convirtió en un “elegante blanco”, como se dice ahora, lo que dio lugar a los diferentes idiomas que se hablan hoy en el Mundo.
Pues bien, lo cierto es que, durante los días del Carnaval de Negros y Blancos, Pasto dejó de ser únicamente la capital del sur para convertirse en un punto de encuentro del mundo. La Plaza de Nariño, corazón histórico y simbólico de la ciudad, se transformó en eso, una Torre de Babel donde las lenguas se cruzaban como serpentinas al viento y los diferentes acentos se mezclaban con el sonido de la música, la risa y el asombro.
Allí, entre comparsas, espuma y colores, se podía escuchar inglés, francés, portugués, alemán, italiano y hasta idiomas que los pastusos no lograban identificar, pero que acogieron con la misma calidez de siempre.
Imágenes diferentes
Por ello, en estas fiestas vimos en la ciudad, rostros distintos. Ojos claros, pieles morenas, cabellos rubios y rizados compartían espacio con los habitantes locales que, orgullosos, explicaban el significado de cada desfile, de cada carroza y de cada figura gigante, elaborada con toda clase de materiales. Los turistas miraban hacia arriba, hacia los balcones coloniales y las montañas que rodean la ciudad, como si no pudieran creer que en ese rincón del sur de Colombia existiera y se pudiera disfrutar de un carnaval tan intenso, tan vivo y tan profundamente humano.
La alegría, el traductor universal
La Torre de Babel bíblica nació de la incomprensión; la de Pasto, en cambio, se levantó desde el entendimiento. No importaba no hablar el mismo idioma: bastaba una sonrisa, un gesto, una explicación improvisada con señas para que la comunicación fluyera. En la Plaza de Nariño se compartían fotografías, abrazos, risas y, sobre todo, la experiencia de sentirse parte de algo más grande que uno mismo. El Carnaval hacía de traductor universal.
Los turistas llegaban con mapas en la mano y preguntas en los labios, y los pastusos respondían con paciencia y orgullo. “¿De dónde viene esta tradición?”, “¿qué significa el día de negros?”
La ciudad de la hospitalidad
Cada interrogante era una oportunidad para contar la historia de un pueblo que celebra la diversidad, la memoria y la igualdad. Y cada respuesta iba acompañada de una invitación: a probar un cuy, a tomarse un canelazo, a seguir el desfile hasta el final.
La admiración de los visitantes no tardó en hacerse evidente. Muchos confesaban que nunca habían sentido una hospitalidad tan genuina. En Pasto, decían, no se sienten turistas, sino invitados. La gente los guía por calles desconocidas, los protege de la multitud, les explica con detalle lo que están viendo y celebra con ellos como si fueran parte de la familia. Esa amabilidad, tan natural para los locales, se convirtió en uno de los mayores atractivos del Carnaval.
Epicentro de encuentro
La Plaza de Nariño seguía siendo el epicentro del encuentro. Allí se reunían quienes habían perdido a su grupo, quienes buscaban descansar un momento o quienes simplemente querían observar el espectáculo humano que se desplegaba a su alrededor.
Un japonés intentaba decir “¡qué viva Pasto!”; una pareja europea bailaba al ritmo de una banda local; un grupo de latinoamericanos brindaba por la vida y la fiesta. Todo ocurría al mismo tiempo, en el mismo espacio, sin choques ni barreras.
Pasto, durante el Carnaval de Negros y Blancos, demuestra que la diversidad no divide, sino que enriquece. La ciudad se vuelve un idioma común hecho de respeto, alegría y tradición. La Plaza de Nariño, testigo silencioso de siglos de historia, se convierte por unos días en el escenario donde el mundo se encuentra y sobre todo disfruta de una de las mejores fiestas populares del Planeta Tierra
Por ello, hoy cuando la fiesta ha terminado y la mayoría de los turistas ya han regresado a sus casas, se puede decir que ellos se llevaron más que fotografías y recuerdos. Se llevaron el convencimiento de que, en el sur de Colombia, existe una ciudad que abre sus brazos sin preguntar de dónde vienes ni qué idioma hablas. Una ciudad que, como una Torre de Babel invertida, no confunde a los pueblos, sino que los une en una espectacular y mágica.




