¿PARANOIA ELECTORAL?

La campaña presidencial de cara a las elecciones del 31 de mayo se ha visto marcada por un fenómeno preocupante: las continuas denuncias de amenazas de muerte dirigidas a los candidatos. Este tipo de acusaciones, que inevitablemente captan la atención de los medios y de la ciudadanía, ha generado un manto de temor e incertidumbre que parece envolver no solo a los actores políticos, sino también a la población en general.

Resulta innegable que la seguridad de los candidatos es un tema de máxima importancia. Toda amenaza de violencia debe ser investigada con rigor, y las autoridades correspondientes tienen la obligación de garantizar que quienes aspiran a liderar el país puedan hacerlo sin poner en riesgo su integridad física. Ahí está, todavía vivo y sin resolver, el asesinato del candidato presidencial, Miguel Uribe Turbay.

 No obstante, la frecuencia con la que estos episodios se reportan ha empezado a suscitar dudas legítimas sobre la veracidad y la magnitud del peligro. Cuando cada semana surgen declaraciones de “amenazas inminentes” sin pruebas claras que las respalden, el efecto sobre el electorado puede ser contraproducente: en lugar de fortalecer la confianza en las instituciones, se instala la duda y el temor infundado.

Otro elemento que llama la atención es la mención constante de actores internacionales, particularmente de Estados Unidos, como si estuviera al tanto de cada amenaza. La referencia a este país suele emplearse para otorgar credibilidad a las denuncias, pero la realidad es que, sin evidencia concreta, estas afirmaciones solo contribuyen a generar un clima de paranoia. La ciudadanía tiene derecho a estar informada, pero también merece que la información que recibe sea clara, verificable y proporcional al riesgo real.

La situación nos obliga a reflexionar sobre la responsabilidad de los propios candidatos. En una campaña, es comprensible que los aspirantes busquen protegerse, pero al mismo tiempo deben ejercer prudencia. La estrategia de declarar amenazas de manera reiterada y generalizada, sin presentar pruebas contundentes, puede transformar la legítima preocupación por la seguridad en un espectáculo mediático que distorsiona la percepción pública. Los candidatos deben recordar que su papel no es solo competir por votos, sino también contribuir a un proceso electoral transparente y sereno. Exagerar riesgos inexistentes o poco fundamentados no fortalece la democracia, sino que la debilita.

Por supuesto, nadie debería minimizar los riesgos reales que puedan existir. Si efectivamente hay amenazas creíbles, corresponde a las autoridades actuar con diligencia y garantizar protección. Pero la línea entre la prudencia y la alarma innecesaria es delgada, y cruzarla puede tener consecuencias negativas tanto para los candidatos como para la sociedad. La desconfianza y el miedo generalizados pueden erosionar la participación electoral, incrementar la polarización y entorpecer la deliberación pública.

En este contexto, resulta pertinente hacer un llamado a la sensatez. Los candidatos deben presentar pruebas claras cuando hablan de amenazas, evitando que la retórica del miedo se convierta en un instrumento de campaña. Al mismo tiempo, los medios de comunicación y la ciudadanía deben ejercer un criterio crítico, cuestionando lo que se afirma y demandando evidencia antes de aceptar versiones que podrían ser más alarmistas que reales. Solo así se puede preservar un entorno electoral donde la competencia se base en ideas, propuestas y capacidad de liderazgo, no en la propagación de temores infundados.

La democracia se fortalece cuando el debate público se realiza con respeto, responsabilidad y transparencia. Que los comicios del 31 de mayo transcurran en un clima seguro y confiable es una meta que beneficia a todos, desde los candidatos hasta el último votante. La prudencia, la evidencia y la mesura deben ser las guías que orienten tanto a quienes buscan ocupar la presidencia como a quienes observan y participan en este proceso fundamental para la nación. Solo así podremos separar lo que es realmente preocupante de lo que, aunque presentado con dramatismo, carece de fundamento.

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