Paradoja

Escribir es vivir muriendo, en una lógica constante de prolongación del latido. Pero es que, uno no acude a la escritura para sentirse cómodo, pues, si el ruido llega, es porque la vida como se percibe en el exterior no basta y hace falta convertirla en una escalera hacia lo incierto.

Si se acepta la libertad de lanzarse al vacío, se asume en esa adopción necesaria de otras gentes, de otras realidades, de otras visiones, la reafirmación de la pequeñez y, con la lupa del desconcierto se perciben más grandes las carencias para plantearse junturas y hablar de amputaciones -inevitablemente-.

Pasa por ejemplo, que uno quiere escribir de aves, de cielos, de flores pero se encuentran profundidades e implosiones y excentricidades de personas que hacen con su dinero lo que el viento con las cenizas. Pasa que en ese desconcierto, están la confusión y el inevitable comparativo del ¿por qué las muertes importan más cuando vienes acompañadas de caras reconocidas? ¿Por qué no resuenan e impactan igual los más de 50 migrantes marroquíes desaparecidos en una embarcación clandestina a causa del naufragio en el Océano Atlántico?, ¿por qué no se buscan con la misma insistencia?

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Así las cosas, el abrupto instante que es la escritura, me convierte en palabra que pese a ser tímida, pretende romper, soy caudal y llanto. Quizá por eso, también en días como estos donde la tragedia se apodera de todo, percibo temblor en mis manos, descubro la herida más honda. En el ejercicio -por desgarro o raspadura-, no cesa el goteo inclemente y percibo el tejido más íntimo: el dolor, la impotencia y la ira por las indolentes bocas que gritan frases clasistas y xenófobas.

No es el mismo el paso del viento, la brevedad del susurro, el parpadeo o la risa. No se navegan igual los mares, no son iguales las necesidades o los motivos.