Muchas veces se asume que si algo no se hace, es porque no se puede, cuando en realidad sí existe la habilidad, pero está bloqueada por conductas de evitación repetidas. Esa diferencia es importante porque redefine el problema: no es “no puedo”, sino “no estoy entrando en la acción”.Además, la evitación suele estar sostenida por el alivio inmediato que produce. Postergar, evitar o distraerse reduce la incomodidad en el corto plazo, lo que refuerza ese patrón. Con el tiempo, esto puede hacer que la acción se perciba como más difícil de lo que realmente es, no porque falte capacidad, sino porque se ha evitado suficiente como para perder familiaridad con ella.También es importante porque impacta directamente en la autoestima. Si interpretas la falta de acción como incapacidad, puedes empezar a dudar de ti mismo. En cambio, si lo entiendes como evitación, recuperas una sensación de posibilidad: la capacidad sigue ahí, pero necesita ser activada a través de la exposición gradual a lo que estás evitando.




