«Niños hikikomori»:

Lo único que conecta cada pequeña habitación de la Fábrica de la Felicidad, en Corea del Sur, con el mundo exterior es un agujero en la puerta por el que se entregan las comidas.

No se permiten teléfonos ni computadoras portátiles dentro de estas celdas de 5 metros cuadrados, y sus habitantes solo tienen las paredes desnudas por compañía.

Los residentes pueden vestir uniformes carcelarios azules, pero no son reclusos: han venido a este centro para vivir una «experiencia de confinamiento».

La mayoría tiene una cosa en común: un hijo que se ha apartado por completo de la sociedad.

Desde abril, los padres han estado participando en un programa educativo para progenitores de 13 semanas de duración financiado y dirigido por dos organizaciones no gubernamentales: la Fundación Juvenil de Corea y el Centro de Recuperación Ballena Azul.

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El objetivo del plan es enseñar a las personas cómo comunicarse mejor con sus hijos.

El programa incluye tres días en una habitación que replica una celda de aislamiento en una instalación en Hongcheon-gun, en la provincia de Gangwon.

La esperanza es que el aislamiento permita a los padres comprender más profundamente a sus hijos.