Por: Jhorman Montezuma
En Nariño ya se siente el ruido de la contienda electoral. Como es costumbre, las calles, las plazas y hasta los pasillos de las instituciones públicas empiezan a llenarse de murmullos, estrategias y alianzas que buscan, a toda costa, alcanzar una curul en el Congreso. Esta vez no es diferente. Los nombres se repiten, los rostros se reciclan y los padrinazgos políticos se hacen más visibles que nunca.
El actual gobernador de Nariño, Luis Alfonso Escobar, no ha dudado en mostrar de manera abierta a los candidatos que portarán las banderas de su movimiento. Dos figuras emergen como las más visibles en este ajedrez electoral: Alejandra Obasolo y Benildo Estupiñán. Ambos, con trayectorias políticas que dejan más dudas que certezas, hoy representan el llamado “proyecto de continuidad” de la administración departamental.
Obasolo es un caso particular. Con un pasado marcado por su cercanía a los conservadores, hoy se camufla en el Pacto Histórico, llevando un discurso liberal que, en la práctica, parece más una estrategia de conveniencia que una verdadera convicción ideológica. En su andar político, se nota la habilidad para adaptarse a los vientos que soplen con más fuerza, lo que genera la pregunta inevitable: ¿qué tan real es su compromiso con las causas sociales que dice defender?
El otro nombre es Benildo Estupiñán, recordado por muchos como secretario de Gobierno, cargo en el que acumuló más de una polémica y que dejó “chuzas” abiertas en la memoria de la ciudadanía. Ahora reaparece como una de las apuestas de Escobar, con el respaldo institucional que se traduce en una maquinaria política activa y dispuesta a movilizar recursos, influencias y hasta contratistas.
Porque ese es, precisamente, el otro punto polémico de esta contienda: la administración departamental, según denuncias de varios sectores, estaría presionando a contratistas para asistir a reuniones, encuentros y actos de apoyo a los candidatos oficialistas. Una jugada que no es nueva, pero que en este contexto deja claro cómo el poder regional intenta perpetuarse a través de métodos tradicionales, maquillados con discursos de transformación.
¿Será que esta estrategia le funcionará al gobernador y a su esposa? ¿Lograrán imponer su poder en todo su esplendor, ocupando espacios claves en Cámara y Senado? La historia reciente muestra que estas apuestas tienen fecha de vencimiento, sobre todo cuando la ciudadanía empieza a despertar frente a prácticas que disfrazan de progresistas lo que no es más que política clientelista en su máxima expresión.
Aquí es cuando aparece la pregunta de fondo: ¿hasta cuándo los nariñenses permitirán que las mismas élites, camufladas de izquierda o de derecha, sigan manipulando la esperanza de cambio? Porque lo que vemos hoy es la consolidación de una “izquierda capitalista”, cómoda con el poder y dispuesta a negociar principios por cuotas políticas.




