Los nariñenses hemos sido históricamente un pueblo que anhela la paz. En cada rincón de nuestro territorio, desde la costa pacífica hasta la cordillera andina, existe el deseo profundo de vivir en tranquilidad, con oportunidades para todos y sin el temor permanente que durante décadas ha acompañado a miles de familias. Sin embargo, ese sueño colectivo continúa siendo una meta esquiva.
Lamentablemente, los esfuerzos realizados para alcanzar una paz duradera no han logrado los resultados esperados. Por el contrario, en los últimos años Nariño se ha convertido en una de las regiones más golpeadas por la violencia en Colombia. Factores como el narcotráfico, la disputa por corredores estratégicos para el tráfico de drogas y la presencia de diversos grupos armados ilegales han profundizado una crisis que afecta a comunidades rurales, indígenas, afrodescendientes y urbanas.
Los constantes enfrentamientos, los desplazamientos forzados, las amenazas y las restricciones a la movilidad han generado un ambiente de incertidumbre que impide el desarrollo pleno de muchas poblaciones. Mientras los ciudadanos trabajan, estudian y construyen proyectos de vida, la violencia sigue siendo una realidad que limita el progreso y pone en riesgo la seguridad de miles de personas.
En este contexto, Nariño venía desarrollando un proceso territorial de paz con el Frente Comuneros del Sur, una disidencia del Ejército de Liberación Nacional (Eln). Este proceso despertó expectativas y esperanzas en amplios sectores de la sociedad, que vieron en el diálogo una oportunidad para disminuir la confrontación armada y avanzar hacia escenarios de convivencia.
Si bien durante las conversaciones se alcanzaron algunos acuerdos importantes, las cosas no han marchado como muchos esperaban. Los obstáculos y las dificultades han puesto a prueba la viabilidad de este esfuerzo. Uno de los hechos que más preocupación ha generado recientemente fue la fuga de Luis Alberto Villota, conocido con el alias de “Tito”, uno de los cabecillas de esta organización, cuando recibía atención médica en una clínica de Pasto.
Este episodio representa un duro golpe para la confianza en el proceso y plantea serios interrogantes sobre las garantías, los compromisos y la voluntad de las partes involucradas. Para muchos ciudadanos, situaciones de este tipo generan dudas sobre el futuro de las negociaciones y sobre la posibilidad real de alcanzar acuerdos sólidos que contribuyan a reducir la violencia en el departamento.
No obstante, pese a estos contratiempos, el jefe negociador del Gobierno Nacional para este proceso, Carlos Erazo, ha manifestado que se continuarán agotando todos los esfuerzos posibles para avanzar hacia la paz. Sus declaraciones reflejan la convicción de que el diálogo sigue siendo el camino más adecuado para enfrentar un conflicto que durante años ha causado dolor y atraso en numerosas comunidades.
De acuerdo con lo expresado por el negociador, este proceso mantiene una relevancia especial dentro de la denominada política de Paz Total, especialmente en momentos en que otras mesas de negociación enfrentan dificultades o se encuentran estancadas. Por ello, los avances que puedan lograrse en Nariño podrían convertirse en una referencia importante para futuros procesos de construcción de paz en el país.
Los nariñenses esperamos que las dificultades actuales no signifiquen el fin de este esfuerzo. La paz no puede depender únicamente de acuerdos entre actores armados; también requiere inversión social, presencia efectiva del Estado, generación de oportunidades económicas y un compromiso real para combatir las economías ilegales que alimentan la violencia.
Nariño merece dejar de ser noticia por los hechos de guerra y comenzar a ser reconocido por su riqueza cultural, su diversidad, su potencial productivo y la capacidad de su gente para construir un mejor futuro. La paz sigue siendo un anhelo colectivo. Aunque el camino ha estado lleno de obstáculos, renunciar a ella no puede ser una opción. Por el contrario, hoy más que nunca es necesario perseverar en la búsqueda de soluciones que permitan a los nariñenses vivir con la tranquilidad y la esperanza que durante tanto tiempo han esperado.
