Por: Juan Manuel Ballesteros
Por esas extrañas casualidades de la vida, en un país donde el más bello oficio (como diría Gabo) está doblemente amenazado, tanto por las extremas izquierdas como por las derechas, el Día del Periodista en Colombia se celebra dos veces al año. La primera es el 9 de febrero, cuando se conmemora la fundación del primer diario del país, el Papel Periódico de la Ciudad de Santafé de Bogotá, en 1791. La otra fecha es el 4 de agosto, un día como hoy pero de 1794, cuando la incipiente opinión pública de la Nueva Granada se sacudió con la publicación de la traducción de la Declaración de los Derechos del Hombre en la imprenta de don Antonio Nariño.
La Revolución Francesa, crisol de la Ilustración, había cumplido un lustro, pero el alcance ideológico del lema “Libertad, igualdad y fraternidad” aún no cruzaba el océano Atlántico. La importancia de ese acto de Antonio Nariño solo puede compararse con su meridiana clarividencia.
Como consecuencia de tal osadía, Nariño sufrió las peores represalias: los chapetones y algunos criollos “de mejor familia” lo juzgaron y condenaron por alta traición, por lo que terminó sentenciado a 16 años de presidio, que debió purgar en Santafé (Bogotá), Cartagena y Cádiz (España). En ese lapso, el precursor de nuestra independencia lo perdió todo: su familia, sus bienes, una preciada biblioteca y hasta la salud. Y no solo eso, también fue despojado de su prestigio, mancillado hasta nuestros días por la cizaña de ‘historiadores’ que niegan incluso que él publicara la traducción de los Derechos del Hombre y quienes, además, osan atribuirle actos de corrupción e, incluso, un tormentoso ‘affaire’ con la viuda de un general de la Legión Extranjera, en el que se le pinta como un disoluto que haría ruborizar al mismo Giacomo Casanova.
Ese bolivarianismo a ultranza de un puñado de pseudointelectuales no solo ha enlodado a Nariño, sino también a Francisco de Paula Santander, en un afán ridículo de ensalzar y subir en un pedestal a aquel tirano caraqueño que pretendió ser presidente vitalicio de la Gran Colombia y, por si fuera poco, entregar el control de nuestra floreciente república a los ingleses.
Ahora, más que nunca, cuando la anacrónica espada se desenvaina para amedrentar a quienes piensan diferente y la cobarde banderita, minúscula y pálida, de la “guerra a muerte” se agita de manera irresponsable, las palabras de Nariño deben retumbar para evidenciar la realidad de los acontecimientos que sacudieron a la patria boba sempiterna que aún padecemos.
Dijo el precursor, con grave y entonado acento: “El tiempo me dará la razón: Bolívar fue el peor español que pudo haber traído Dios a nuestras tierras, pues ha traicionado la rica cultura hispana para abultarse, en su ignominioso ego, el seudónimo de ‘caballero inglés’”.
En perspectiva, ahora lo sabemos, Antonio Nariño fue el primer “cancelado” de nuestra historia. Como nadie, él pagó cara su valentía y resistencia, pero por fortuna quedó para la posteridad el más diciente homenaje que pudo darse a un prócer nacional: que el más bello departamento de nuestro país lleve su apellido.
Mucho de justicia histórica y divina hay en ello.

