Por: Ricardo Sarasty
No debió ser soportable la presencia de Nicolas Maduro como gobernante de Venezuela principalmente para los mismos venezolanos y con ellos para el conjunto de personas creyentes en los valores de la democracia como sistema de gobierno. Ninguna dictadura o cualquier otra forma de mandato autócrata puede aceptarse ahí en donde la libertad es el principio de todos los derechos. No por otra razón se puede estar de acuerdo con la salida de Maduro del poder y de igual manera con el rechazo a la defensa solapada o abierta que hacen los abanderados de la derecha del déspota Nayib Bukele, del reconocido genocida Benjamín Netanyahu y del autócrata Bladimir Putin, para nombrar solo a los por ahora de más renombre en las redes sociales porque los hay, aunque no se reconocen como sátrapas en tanto que se ha normalizado su presencia en el contexto del poder geopolítico llámense Putin, Xi Jinping, Kim Jong-un o Trump. Este último hay que verlo como el heredero de un régimen imperialista como lo fue en su tiempo la casta de los cesares en Roma. Pues aunque no recibe el gobierno mediante línea directa por parentesco de sangre o de facto, si llega a ocupar la presidencia de su país con la convicción que todos sus antepasados obtuvieron y conservan, la de que el mundo todo les pertenece y por lo tanto pueden entrar y salir de cualesquiera de los países sin pedir permiso alguno.
Reprochable toda acción intervencionista extranjera violando la soberanía de éste o aquel país más si los motivos no son diferentes a los de apropiarse de sus bienes. Esa acción no tiene nombre diferente al de saqueo, robo. Ningún habitante debería aceptar esta clase de ultrajes a la dignidad de los pueblos y menos estar obligado a agradecerle al usurpador el que le quite lo que por derecho le pertenece. Y si junto a sus propiedades les es enajenada la voluntad a los hombres y mujeres nacidos sobre ese suelo que les ha sido expropiado la indignación debe de crecer tanto que rompa todos los pechos desde donde el grito “no más” ha de salir para ensordecer al filibustero, ponerlo a temblar mientras lo entera de la determinación tomada, que no puede ser otra, la de defender la independencia, la libertad. Lo menos que se puede decir de aquellas personas que bajan la cabeza e hincan la rodilla en señal de sometimiento y servilismo ante el abusador es que no han conocido la libertad y por ello no la valoran, por lo que la acción consecuente no es mas otra que la de llevarlos a conocerla. Pero existen aquellos y aquellas que conociéndola deciden entregarla de manera servil convencidos de que sin ella y con amos se vive mejor, a estos y estas pusilánimes se les debe notificar que su decisión de convertirse en sumisos abyectos no puede comprometer la libertad de todos.
Que el filibusterismo se haya puesto en evidencia como practica obstruccionista para impedir que los proyectos legislativos presentados por el gobierno avancen en los debates hasta entendible en tanto que quienes lo hacen no cuentan con argumentos como para convencer sobre la validez de sus tesis. Sin embargo este apego al filibustero debe entenderse como el establecimiento de una alianza criminal en la que ellos creen ganar, algunos indulgencias y otros tristes monedas o cuando menos la palmadita en el hombro que hace sentir al servil importante tan solo porque el amo no lo patea mientras lo utiliza como perro guardián de sus intereses. Actitud siempre detestable, nunca envidiable. El poeta y héroe cubano José Marti escribe que terrible es hablar de la libertad para el que no la conoce en tanto que quienes la tienen sin valorarla no deberían hablar de ella.




