Mientras los colombianos procesaban noticias de fútbol, política y economía esta semana, el mundo científico seguía asombrándose por un descubrimiento que volvió a circular con fuerza en los medios internacionales y que llegó a los portales colombianos con la misma fuerza que cuando fue publicado originalmente: en las frías y oscuras profundidades del océano Ártico, a más de 2.000 metros de profundidad, nada un tiburón de Groenlandia que nació aproximadamente en el año 1627. Tenía, en el momento de ser identificado por los investigadores, unos 399 años de vida. Es el vertebrado más longevo del que se tenga registro en la historia de la ciencia, un animal que ha sobrevivido cuatro siglos de historia humana, desde el inicio de la colonización europea en América hasta la era de la inteligencia artificial, moviéndose a menos de 2 kilómetros por hora en uno de los entornos más inhóspitos del planeta.
El hallazgo se consolidó a partir de una investigación publicada en la revista Science que analizó 28 tiburones de esta especie capturados de manera incidental por pescadores en el Ártico. Los científicos utilizaron una técnica poco común para estimar la edad de los animales: la datación por radiocarbono en las lentes oculares, un tejido del ojo que no se regenera después del nacimiento y que por lo tanto conserva la firma química del carbono presente en el ambiente cuando el animal vino al mundo. Al comparar los niveles de carbono de ese tejido con los registros históricos conocidos, los investigadores pudieron calcular con un margen de error razonable la fecha aproximada de nacimiento de cada ejemplar. Los resultados los sorprendieron incluso a ellos mismos: la edad promedio de los 28 tiburones analizados fue de al menos 272 años, y el más grande, de más de cinco metros de longitud, arrojó el cálculo de 399 años.
La longevidad extraordinaria del tiburón de Groenlandia no es un accidente evolutivo sino el resultado de una combinación de factores biológicos y ambientales que los científicos llevan años estudiando. El primero es su metabolismo extremadamente lento, adaptado a las temperaturas cercanas al punto de congelación de las aguas árticas donde vive. A temperaturas tan bajas, las reacciones bioquímicas del organismo se ralentizan de manera dramática, lo que reduce el ritmo de envejecimiento celular. El segundo factor es su crecimiento: el tiburón de Groenlandia crece apenas un centímetro por año, lo que significa que el ejemplar de 399 años medía entre cinco y siete metros, y que para alcanzar esa talla necesitó exactamente esos siglos de crecimiento gradual. El tercero es su hábitat profundo y estable, donde las condiciones ambientales cambian poco y los riesgos de depredación son mínimos.
Una de las revelaciones más recientes sobre el tiburón de Groenlandia tiene que ver con su visión. Durante décadas se creyó que estos animales eran ciegos o casi ciegos porque en sus ojos suelen encontrarse parásitos que dañan la córnea. La investigación reciente demostró que esa creencia era equivocada: la retina del tiburón de Groenlandia mantiene su funcionalidad durante siglos gracias a mecanismos únicos de reparación del ADN y a la presencia de cantidades excepcionalmente altas de ácidos grasos especiales denominados VLC-PUFAs y DHA, que funcionan como un aceite anticongelante de alta calidad que preserva la flexibilidad y fluidez de las membranas celulares incluso en el frío extremo de las profundidades árticas. La rodopsina, la proteína responsable de captar la luz, permanece funcional en esa retina durante cientos de años, algo que no se había observado en ningún otro vertebrado conocido.
Las implicaciones de este descubrimiento para la ciencia médica son tan extraordinarias como el propio animal. Los mecanismos genéticos que permiten al tiburón de Groenlandia reparar su ADN de manera tan eficiente durante casi cuatro siglos son objeto de investigación intensiva por parte de varios laboratorios de biología molecular en Europa y Estados Unidos. El genoma del tiburón de Groenlandia es el más complejo registrado entre los tiburones: tiene 6.500 millones de pares de bases, aproximadamente el doble que el genoma humano, y contiene variaciones en genes relacionados con la reparación del ADN y la supresión de tumores que podrían ofrecer pistas sobre cómo extender la vida útil de las células humanas y reducir la incidencia del cáncer. El investigador Julius Nielsen, uno de los principales estudiosos de esta especie, ha señalado que estos hallazgos podrían abrir nuevas líneas de tratamiento para enfermedades relacionadas con el envejecimiento.
La madurez sexual tardía del tiburón de Groenlandia es otro de sus rasgos más desconcertantes para la biología moderna. Este animal no alcanza la adultez reproductiva hasta los 150 años de edad, lo que significa que en términos biológicos es un ser joven hasta bien entrada la segunda mitad de su vida. En términos evolutivos, esto implica que las generaciones del tiburón de Groenlandia se reemplazan a un ritmo extraordinariamente lento, lo que hace a la especie muy vulnerable a las presiones externas. La pesca incidental, que ya afectó a los 28 ejemplares del estudio original, el cambio climático que está transformando las temperaturas y la química del océano Ártico, y la contaminación por microplásticos y compuestos persistentes que llegan hasta las profundidades árticas son las principales amenazas para una especie que necesita siglos para reproducirse y que por lo tanto no puede adaptarse rápidamente a los cambios en su entorno.
Para Colombia, que tiene en sus aguas del Caribe y el Pacífico una biodiversidad marina extraordinaria y escasamente estudiada, el hallazgo del tiburón de Groenlandia es un recordatorio de que los océanos del planeta guardan secretos biológicos que apenas comenzamos a entender. El Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras INVEMAR, con sede en Santa Marta, lleva décadas documentando la fauna marina colombiana, y sus investigadores señalan que en las aguas profundas del Caribe colombiano y en las fosas del Pacífico que bordean el país existen ecosistemas prácticamente inexplorados donde podrían vivir organismos con capacidades de supervivencia igualmente extraordinarias. El tiburón que nació en 1627 es la prueba más contundente de que la naturaleza lleva millones de años resolviendo los problemas del envejecimiento y la longevidad de maneras que la ciencia humana apenas empieza a descifrar.




