Durante siglos, la historia del arte se escribió con una sola mano: la masculina. Mientras nombres como Miguel Ángel o Rubens llenaban los libros, mujeres con un talento equivalente eran relegadas al papel de musas, modelos o «hijas de». Sin embargo, la realidad es que las mujeres siempre estuvieron ahí, desafiando leyes que les prohibían estudiar anatomía o firmar sus propios contratos.
Un caso emblemático es el de Artemisia Gentileschi. En el siglo XVII, no solo igualó la técnica de Caravaggio, sino que la superó en crudeza emocional. Su cuadro Judit decapitando a Holofernes no es solo una escena bíblica; es un grito de justicia tras haber sido víctima de abuso. Durante décadas, muchas de sus obras fueron atribuidas a su padre o a otros pintores varones simplemente porque el mercado no concebía que una mujer pudiera poseer tal fuerza pictórica.
Lo mismo ocurrió con Hilma af Klint, la verdadera pionera de la abstracción. Años antes de que Kandinsky publicara sus tratados sobre lo abstracto, esta artista sueca ya creaba lienzos gigantescos cargados de misticismo y formas geométricas. Consciente de que el mundo no estaba listo para su visión, pidió que su obra no fuera exhibida hasta 20 años después de su muerte. Redescubrirlas hoy no es un acto de caridad, sino de justicia histórica: el arte nunca fue solo cosa de hombres, solo la fama lo fue.
