La presencia de contaminación plástica en los lugares más remotos del planeta se ha convertido en una de las principales preocupaciones de la investigación ambiental. La Antártida, considerada durante décadas uno de los territorios más aislados y prístinos de la Tierra, tampoco ha quedado completamente al margen de este fenómeno.
En este contexto, Chile ha reforzado su participación científica en el continente blanco mediante expediciones que utilizan el rompehielos AGB 46 “Almirante Viel” como plataforma para desarrollar investigaciones oceanográficas, ambientales y geológicas.
Durante 2026, una de las iniciativas más relevantes fue la expedición CARE 2026, realizada en marzo a bordo del buque chileno y liderada por la Real Armada de Canadá. La misión contó con participación científica chilena y contempló investigaciones sobre geología marina, oceanografía y contaminantes, incluido el monitoreo de la presencia y concentración de microplásticos y compuestos orgánicos persistentes en el entorno antártico.
El interés por estos contaminantes no es casual. Investigaciones realizadas durante los últimos años han demostrado que las partículas plásticas ya pueden encontrarse en aguas, sedimentos, organismos e incluso en la atmósfera de distintas zonas de la Antártida.
Un territorio remoto que ya enfrenta contaminación plástica
Los microplásticos son partículas de plástico de tamaño inferior a cinco milímetros. Pueden originarse por la fragmentación de objetos plásticos más grandes o ser liberados directamente en forma de fibras y partículas diminutas provenientes, entre otras fuentes, de textiles y diferentes productos industriales.
Su reducido tamaño hace que sean especialmente difíciles de retirar del ambiente. Además, pueden desplazarse a través de las corrientes marinas, el viento y otros mecanismos naturales.
En el caso antártico, el problema adquiere una dimensión particular debido al aislamiento geográfico de la región. La presencia de microplásticos demuestra que las actividades humanas y los contaminantes generados a grandes distancias pueden alcanzar ecosistemas extremadamente alejados de los grandes centros urbanos.
El propio Instituto Antártico Chileno ha señalado que estos contaminantes pueden llegar a la región tanto desde otros continentes mediante la circulación oceánica como a partir de actividades desarrolladas en el propio territorio antártico, incluyendo operaciones científicas, logísticas, pesqueras y turísticas.
Las islas Shetland del Sur, un punto clave para la investigación
Las islas Shetland del Sur, ubicadas al norte de la península Antártica, constituyen una de las regiones con mayor actividad científica y logística del continente.
Su cercanía relativa con Sudamérica facilita el acceso de barcos y aeronaves, mientras que la presencia de numerosas bases científicas convierte al archipiélago en un importante punto de observación de los cambios ambientales que experimenta la Antártida.
Dentro de esta zona se encuentra la isla Rey Jorge y, más al oeste, la isla Decepción, ambas vinculadas a investigaciones recientes sobre contaminación por plásticos.
Un estudio publicado en 2023 analizó las aguas superficiales de la isla Livingston y encontró microresiduos en todas las muestras examinadas. Los investigadores calcularon una concentración media cercana a 0,264 partículas por metro cúbico, con predominio de fibras y, entre los polímeros identificados, una importante presencia de poliéster y nailon.
Una expedición científica que va más allá de los microplásticos
El trabajo realizado desde el “Almirante Viel” no se limita a recoger partículas de plástico. La expedición CARE 2026 tuvo un carácter multidisciplinario y buscó obtener información sobre distintos procesos que afectan al océano y al fondo marino antártico.
La ruta contempló el desplazamiento desde Punta Arenas hacia la bahía Almirantazgo, en la isla Rey Jorge. Posteriormente, el buque atravesó el estrecho de Bransfield y continuó hacia sectores de la península Antártica, antes de realizar trabajos en las proximidades de la isla Decepción y la isla Livingston.
Entre los participantes chilenos estuvieron el académico Rodrigo Fernández, de la Universidad de Chile, y Lorena Rebolledo, del Instituto Antártico Chileno. El equipo internacional estuvo integrado por especialistas en geociencias, oceanografía física, química y biología.
El objetivo es obtener información que permita comprender mejor cómo interactúan los contaminantes con los diferentes componentes del ecosistema antártico.
¿Por qué es importante tomar muestras?
La recolección de muestras permite determinar mucho más que la simple presencia de plástico.
Los científicos pueden analizar el tipo de partícula, su tamaño, forma, composición química y polímero de origen. Estos datos ayudan a establecer posibles fuentes de contaminación y a determinar cómo se desplazan los residuos dentro del ecosistema.
La investigación también permite estudiar si las partículas están presentes únicamente en el agua superficial o si pueden trasladarse hacia sedimentos y organismos marinos.
Este aspecto es particularmente importante porque los microplásticos pueden incorporarse a las redes alimentarias. El Instituto Antártico Chileno advierte que estos contaminantes han sido encontrados asociados a organismos y que existe preocupación por sus posibles procesos de bioacumulación y biomagnificación en los ecosistemas antárticos.
El problema no está solamente en el océano
Uno de los descubrimientos más importantes de los últimos años es que la contaminación plástica antártica tampoco se limita al ambiente marino.
Una investigación publicada en Chemosphere documentó contaminación por microplásticos en la atmósfera de las islas Shetland del Sur. El monitoreo, desarrollado alrededor de la base argentina Carlini entre marzo de 2022 y enero de 2023, identificó fibras y fragmentos de plástico en los distintos puntos analizados.
Los investigadores encontraron 279 partículas sospechosas de origen antropogénico en los muestreadores utilizados y detectaron diferentes polímeros y colorantes industriales. El estudio constituye uno de los primeros trabajos de monitoreo atmosférico continuo de microplásticos realizado en el entorno de la península Antártica.
Esto significa que las partículas pueden desplazarse por el aire y posteriormente depositarse sobre superficies como nieve, hielo, suelo y agua.
Nuevas evidencias en la isla Decepción
La preocupación científica aumentó durante 2026 con nuevos estudios desarrollados en la isla Decepción.
Una investigación publicada en Regional Studies in Marine Science examinó diferentes matrices ambientales dentro de la caldera de la isla y encontró microresiduos en sedimentos, aguas superficiales y organismos.
El estudio encontró concentraciones particularmente elevadas cerca de instalaciones científicas, lo que apunta a la importancia de las actividades humanas locales como una de las fuentes de determinados residuos. También identificó fibras de distintos materiales y encontró diferencias en la composición de los residuos según el ambiente analizado.
Los resultados son importantes porque muestran que la contaminación no necesariamente llega exclusivamente desde lugares lejanos. Parte de ella puede estar relacionada con actividades desarrolladas directamente en la región antártica.
La actividad humana también debe ser vigilada
La presencia de investigadores, barcos, estaciones científicas y turistas representa una paradoja para la conservación antártica.
La ciencia necesita acceder al continente para comprender sus ecosistemas y protegerlos, pero toda actividad humana genera algún nivel de impacto. Por eso, la investigación ambiental no solo busca conocer cuánto plástico llega a la Antártida, sino también identificar qué actividades contribuyen a su presencia y cómo reducir esas emisiones.
Investigaciones desarrolladas alrededor de la base Carlini, por ejemplo, han señalado a los efluentes de las plantas de tratamiento como una posible fuente significativa de microplásticos, particularmente microfibras asociadas a actividades domésticas y lavandería.
Estos resultados plantean un desafío directo para las estaciones científicas: mejorar los sistemas de tratamiento de aguas residuales, controlar las fuentes de fibras sintéticas y establecer protocolos más estrictos para evitar que los residuos terminen en el ambiente.
El “Almirante Viel”, un laboratorio flotante para Chile
La participación chilena en este tipo de investigaciones está estrechamente vinculada con las capacidades del rompehielos AGB 46 “Almirante Viel”.
El buque fue incorporado oficialmente a la Armada de Chile en julio de 2024 y fue diseñado para apoyar tanto las operaciones logísticas como la investigación científica en las aguas antárticas.
La Armada destaca que el buque puede transportar más de 30 científicos y cuenta con capacidades específicas para desarrollar investigaciones en las regiones australes y antárticas.
Su incorporación al Programa Antártico Nacional también amplía las posibilidades de Chile para realizar investigaciones directamente en zonas que anteriormente requerían mayores esfuerzos logísticos o dependían de colaboraciones con otros países.
Una investigación que también busca prevenir
El objetivo final de estos estudios no es únicamente elaborar un inventario de residuos.
Conocer la cantidad y distribución de microplásticos permite establecer una línea base ambiental. A partir de ella, futuros investigadores pueden determinar si la contaminación aumenta, disminuye o cambia de distribución con el paso de los años.
Los datos también pueden utilizarse para diseñar medidas de prevención, mejorar los sistemas de gestión de residuos y establecer políticas ambientales dentro del Sistema del Tratado Antártico.
Chile ya ha participado en investigaciones orientadas específicamente a estudiar la contaminación plástica terrestre y el impacto de las microfibras en las aguas costeras antárticas, lo que demuestra que el monitoreo forma parte de una línea de investigación más amplia y no de una acción aislada.
La importancia de proteger uno de los ecosistemas más vulnerables del planeta
La Antártida cumple un papel fundamental en el sistema climático mundial. Sus océanos, hielos y ecosistemas están conectados con procesos que afectan al resto del planeta.
Por eso, encontrar microplásticos en sus aguas, sedimentos, organismos o atmósfera tiene una importancia que va mucho más allá de las fronteras del continente.
La presencia de estas partículas demuestra que la contaminación por plástico es capaz de superar enormes distancias y alcanzar ecosistemas que parecían protegidos por su aislamiento.
Al mismo tiempo, los científicos advierten que todavía existen muchas preguntas sin responder: cuáles son exactamente las principales fuentes de contaminación, qué proporción procede de actividades locales, cuánto material llega desde otras regiones y cuáles son las consecuencias a largo plazo sobre las especies antárticas.
Ciencia para anticiparse al problema
Las expediciones realizadas desde Chile representan, en ese sentido, una herramienta fundamental para comprender la evolución de la contaminación ambiental en el continente blanco.
El monitoreo de microplásticos permite transformar un problema prácticamente invisible en datos concretos: partículas identificadas, concentraciones medidas, rutas de transporte estudiadas y posibles fuentes determinadas.
La investigación desarrollada alrededor de las islas Shetland del Sur muestra que la Antártida ya no puede analizarse como un ecosistema completamente aislado de la contaminación global. Sin embargo, también demuestra que la cooperación científica internacional puede generar la información necesaria para protegerla.
Con el “Almirante Viel” como plataforma de investigación, Chile busca ampliar su capacidad científica en el extremo sur y contribuir a una tarea que trasciende las fronteras nacionales: entender cómo los residuos producidos por la actividad humana están llegando hasta uno de los lugares más remotos del planeta y qué puede hacerse para evitar que el problema continúe creciendo.



