Durante mucho tiempo, la sociedad ha tendido a considerar cualquier comportamiento, forma de aprendizaje o manera de relacionarse que se salga de lo convencional como un problema que debe ser corregido. Una dificultad para concentrarse, una manera diferente de comunicarse o un ritmo de aprendizaje distinto pueden convertirse rápidamente en motivo de señalamientos.
“Es distraído”, “no aprende”, “no pone atención”, “es difícil” o “algo tiene” son expresiones que todavía se escuchan con frecuencia en diferentes espacios. Aunque algunas puedan decirse sin intención de causar daño, detrás de ellas puede existir una profunda incomprensión sobre la diversidad de los cerebros humanos.
Información
El psicólogo clínico Oswaldo Navarro Arteaga llama la atención sobre una realidad que cada vez cobra mayor importancia: no existe una única manera de aprender, sentir, procesar la información o comprender el mundo.
Hablar de neurodivergencia significa reconocer que existen personas cuyos cerebros funcionan de maneras diferentes. Dentro de este concepto se encuentran condiciones como el autismo, el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, conocido como TDAH, la dislexia y la dispraxia, entre otras.
Estas particularidades pueden influir en aspectos como la atención, la comunicación, el aprendizaje, el procesamiento de información y la regulación emocional. Sin embargo, comprender estas diferencias no debería significar convertir automáticamente cada característica en una incapacidad.
Historia
Uno de los principales desafíos está en dejar de reducir a las personas a una etiqueta. Un diagnóstico puede ser importante para comprender determinadas necesidades y facilitar el acceso a herramientas y apoyos, pero jamás puede explicar por completo quién es una persona.
Un niño con autismo no es únicamente su diagnóstico. También es un niño con intereses, emociones, talentos, sueños, dificultades y una manera particular de relacionarse con quienes lo rodean.
De la misma manera, una adolescente con TDAH no debería ser definida simplemente como “la que no se concentra”, ni un estudiante con dislexia como “el que no aprende”.
Cada uno tiene una historia diferente y requiere ser comprendido desde sus propias características.
En Pasto, Nariño y Colombia existe, por ello, una tarea pendiente: aprender a mirar más allá del diagnóstico y comenzar a identificar qué necesita cada persona para desarrollar sus capacidades.
La intervención psicológica y neuropsicológica, así como el acompañamiento educativo y familiar, debe orientarse a entregar herramientas que permitan potenciar las posibilidades de cada individuo, en lugar de concentrarse únicamente en aquello que supuestamente debe ser corregido.
Esto también implica un reto para los colegios y las instituciones educativas. No todos los estudiantes aprenden de la misma manera ni responden de igual forma a las estrategias tradicionales de enseñanza. Encontrar diferentes caminos para enseñar puede marcar una enorme diferencia en la vida académica y emocional de un niño o adolescente.
La verdadera inclusión va mucho más allá de permitir que una persona esté dentro de un salón de clases o participe en una actividad. Significa comprender sus necesidades, adaptar las estrategias cuando sea necesario y ofrecerle oportunidades reales para demostrar todo lo que puede hacer. Para lograrlo, las familias necesitan información y acompañamiento. Los profesionales deben esforzarse por conocer realmente a la persona que tienen delante y las instituciones educativas deben estar dispuestas a adaptar sus métodos




