Maradona vs. la FIFA: ¿Quién le tiró la primera piedra?La guerra fría del fútbol que nunca terminó

La relación entre Maradona y la FIFA fue un matrimonio tóxico sin periodo bonito. No hubo luna de miel, no hubo diplomacia. Desde el primer cruce, parecía pelea de bar: miradas torcidas, rencores acumulados y una especie de vibra de “vos no me mandás a mí”. Lo curioso es que nunca quedó claro quién empezó la bronca. ¿Fue Maradona siendo Maradona? ¿Fue la FIFA siendo FIFA? Para entenderlo, toca repasar esta novela que duró décadas, con más capítulos que una serie turca.

Todo empieza en los 80, cuando el Diego ya era ese meteoro argentino que iluminaba todo y quemaba a medio mundo. Desde joven, Maradona tenía esa mezcla de talento sobrenatural y lengua sin filtro. Y la FIFA, que siempre ha querido deportistas obedientes, prolijos y fáciles de encuadrar, miraba a ese pibito de Villa Fiorito con cara de “este pibe nos va a hacer renegar”. Y sí que lo hizo.

El primer piedrazo fuerte llega en México 86. Maradona está en su pico más maradoniano: un alien con botines. La FIFA, feliz porque tiene un torneo espectacular, pero incómoda porque el tipo que está cargando el Mundial en la espalda no es exactamente material de tarjeta corporativa. Entonces llega “La Mano de Dios”. Medio planeta se escandaliza, la FIFA amaga con multa, sanción, revisión… pero no hace nada. Ahí nace el resentimiento silencioso: la FIFA queda como tibia, y Maradona queda como un santo pibe pícaro que se cagó de risa del reglamento en frente del mundo. La autoridad nunca perdona cuando la dejás en ridículo.

Después viene el gol a Inglaterra, el mejor de todos los tiempos. Ese, lejos de unirlos, profundiza la grieta. Maradona se convierte en héroe universal sin hacer el mínimo esfuerzo por parecer diplomático. Dice lo que piensa, se ríe del poder y tiene a Sudamérica en el bolsillo. La FIFA empieza a verlo como un riesgo: demasiado influyente, demasiado amado, demasiado impredecible.

Pero la bronca se vuelve guerra abierta en los 90. Llega el caso del doping en Estados Unidos 94. Maradona vuelve físicamente renovado después de años complicados, enchufado, competitivo. Le mete un golazo a Grecia, festeja con la cámara como si la estuviera retando a pelear. Y entonces, boom: doping positivo. El Diego dice que fue trampa, que lo entregaron, que lo querían afuera porque era incómodo. La FIFA dice que no, que reglas son reglas. Argentina queda afuera, Maradona queda roto, y la relación queda directamente irreparable.

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Ese evento define la narrativa: para Maradona, la FIFA siempre lo quiso controlar, silenciar y finalmente sacar del mapa. Para la FIFA, Maradona fue un talento colosal pero imposible de manejar. Lo respetaban como fenómeno, pero lo odiaban como rebelde. Esa combinación es dinamita.

La pelea siguió incluso cuando el Diego ya estaba retirado. En programas, entrevistas y conferencias, criticó a los dirigentes, acusó negociados turbios, habló sin anestesia de corrupción y favoritismos. Y la FIFA, en vez de aclarar, hacía lo que siempre hace: mirar para otro lado con sonrisa diplomática. El Diego era ruido, y el organismo odiaba el ruido.

Entonces, ¿quién tiró la primera piedra?
La respuesta honesta y sin camiseta es que fueron los dos. Maradona nunca fue figura cómoda para ningún poder, y la FIFA nunca fue un organismo transparente o flexible. El choque era inevitable. Él era caos sincero. Ellos eran orden hipócrita. Dos mundos opuestos condenados a cruzarse.

Lo espectacular es que, pese a la guerra eterna, la historia terminó dándole la razón al Diego en muchas de sus críticas. Años después de su pelea final, estallaron escándalos que mostraron que las acusaciones de corrupción no eran exageración sino radiografía. El tiempo, caprichoso, terminó inclinándose hacia él.

La FIFA sigue viva. Maradona ya no está. Pero la pelea sigue flotando en el aire como un eco cultural. Un combate sin ganador, con dos bandos que aún discuten como si el ring siguiera prendido. Ese es el truco de las leyendas: no se apagan, solo cambian de forma.