El rey se despide sin corona pero con una leyenda que nadie podrá borrar jamás
Luka Modric lloró en el césped del BMO Field de Toronto y las imágenes dieron la vuelta al mundo en cuestión de minutos. El hombre que había prometido antes del torneo que este sería su último Mundial se quedó sin palabras al final del partido, abrazando a sus compañeros con la impotencia de quien sabe que hizo todo lo posible y que el resultado no refleja lo que mereció su equipo. A sus 40 años jugó con una lucidez, una técnica y una inteligencia táctica que avergüenza a mediocampistas con la mitad de su edad, y sin embargo el destino quiso que dos fueras de juego milimétricos del VAR y un cabezazo en el último minuto cerraran para siempre su historia en los Mundiales.
Pero ninguna eliminación puede empañar lo que Modric representa para el fútbol mundial. El hombre que creció en una familia desplazada por la guerra, que fue rechazado por ser demasiado frágil en su infancia, que ganó seis Champions League con el Real Madrid, que en 2018 rompió el duopolio Messi-Cristiano para llevarse el Balón de Oro y que condujo a Croacia a la final de Rusia y al tercer puesto de Qatar, se despide del escenario más grande del fútbol con la cabeza más alta que cualquier otro jugador de su generación. El fútbol perdió esta noche en Toronto uno de sus últimos grandes poetas, y el mundo entero lo sabe.


