George Russell vivió otro fin de semana de pesadilla en el Hungaroring donde una nueva avería técnica volvió a complicar su clasificación en el peor momento posible. Al final de su última vuelta en la Q3 Russell pasó con fuerza por el bordillo de salida de la curva 4 y se produjo una fuga de agua en el motor de su Mercedes W17, describiéndolo él mismo como una pistola de agua disparándose sobre los neumáticos traseros lo que redujo su temperatura de funcionamiento y arruinó su última vuelta. El inglés tuvo que detener el coche nada más terminar la sesión y quedó clasificado séptimo en la parrilla, muy lejos de donde podría haber estado con el ritmo de carrera que Mercedes demostró tener durante los entrenamientos libres.
Lo que añade más drama a la situación es que Mercedes tuvo que cambiar el motor de Russell siendo ya su cuarta unidad de potencia de la temporada, el límite permitido sin penalización. Esto significa que cualquier quinto motor que necesite a partir de ahora supondrá una penalización automática de posiciones en la parrilla, una espada de Damocles que pende sobre su segunda mitad de temporada en el peor momento posible cuando más necesita resultados para recortar puntos a Antonelli. El problema se suma a otros anteriores como el fallo de software que le hizo perder velocidad en Bélgica, confirmando un patrón de fiabilidad preocupante que Russell reconoció es la batalla psicológica más dura de su carrera y que le impide concentrarse únicamente en conducir cuando debería estar pensando exclusivamente en remontar el campeonato.



