Las operaciones militares de Estados Unidos contra embarcaciones sospechosas de transportar drogas han generado gran controversia internacional. Desde septiembre, las fuerzas estadounidenses han intensificado sus ataques, especialmente en el Caribe, dejando un saldo de 57 muertos. El gobierno de Donald Trump justifica estas acciones bajo el argumento de una “guerra contra el narcoterrorismo”, designando a los carteles como organizaciones terroristas. Sin embargo, las operaciones se han realizado sin la aprobación del Congreso, lo que ha provocado críticas de organismos internacionales y expertos en derechos humanos, quienes las califican como posibles “ejecuciones extrajudiciales”.
Pese a las denuncias, el gobierno estadounidense ha afirmado que continuará con su estrategia. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, defendió los bombardeos sin aportar pruebas concretas, mientras analistas ponen en duda su efectividad, ya que la principal droga que causa muertes por sobredosis en Estados Unidos, el fentanilo, no proviene del Caribe sino de México. Además, las incautaciones de cocaína en la zona son mínimas frente al tráfico total, lo que genera interrogantes sobre los verdaderos fines de estas operaciones.
Diversos expertos sostienen que los ataques podrían tener un trasfondo político: aumentar la presión sobre Venezuela y promover la caída del presidente Nicolás Maduro, a quien Washington acusa de liderar el llamado “Cartel de los Soles”. Aunque Maduro ha negado estas acusaciones, las tensiones se han intensificado, y los bombardeos parecen alinearse con la estrategia de Trump de aislar al régimen venezolano. Paralelamente, Estados Unidos ha reforzado su presencia militar en el Caribe, desplegando buques, submarinos y aviones de combate.
En el contexto del tráfico de drogas, la cocaína continúa siendo la principal sustancia proveniente de Sudamérica hacia Estados Unidos. Su producción se concentra en Colombia, Perú y Bolivia, y suele transportarse por el Pacífico hacia México, desde donde se introduce al mercado estadounidense. Informes de la ONU y la DEA confirman que la mayor parte de los envíos –alrededor del 74%– utiliza rutas del Pacífico, mientras que solo una fracción menor transita por el Caribe. El aumento de incautaciones en países como Ecuador refleja tanto un incremento del tráfico como una mayor capacidad de interdicción.
Aunque el Caribe perdió protagonismo desde los años ochenta, vuelve a ganar relevancia debido a lo que los expertos denominan “efecto vejiga”: cuando se refuerzan los controles en una región, las rutas se desplazan hacia otras zonas. En la actualidad, República Dominicana, Puerto Rico y otras islas pequeñas se han convertido nuevamente en puntos de tránsito. A su vez, el tráfico aéreo y marítimo desde Venezuela y Centroamérica continúa siendo una vía importante, aprovechando su cercanía a Colombia, el principal productor mundial de cocaína.
Por otro lado, el fentanilo —responsable del 60% de las muertes por sobredosis en EE.UU.— no sigue esas rutas. Según la DEA, se fabrica casi en su totalidad en México con precursores químicos de Asia, especialmente de China. Pese a ello, Trump ha afirmado sin pruebas que algunas embarcaciones atacadas transportaban fentanilo, alegando que así se evitaron miles de muertes. Analistas del International Crisis Group y otros centros de estudios sostienen que los bombardeos en el Caribe obedecen más a una estrategia de presión geopolítica que a una verdadera lucha antidrogas, apuntando a un intento de cambio de régimen en Venezuela y a un deterioro en las relaciones con Colombia tras sanciones impuestas al presidente Gustavo Petro.

