Leche de almendras: impacto ambiental

La leche de almendras se posiciona como una de las alternativas vegetales más elegidas frente a los lácteos de origen animal. Su crecimiento sostenido responde a cambios en los hábitos de consumo, vinculados a la salud, la sostenibilidad y el bienestar animal. Sin embargo, diversos estudios científicos advierten que su producción presenta importantes desafíos ambientales, especialmente en relación con el uso del agua y la biodiversidad, con foco en California, Estados Unidos, donde se concentra cerca del 80% de la producción mundial de almendras.

Preocupación

Uno de los principales puntos de preocupación es el elevado consumo de agua. Investigaciones publicadas en la revista Ecological Indicators indican que los almendros requieren en promedio 10.240 litros de agua por kilogramo de almendras, lo que equivale a unos 12 litros por cada unidad individual. Este dato resulta especialmente sensible en un contexto de sequías recurrentes y estrés hídrico en el estado de California.

Un análisis más amplio publicado en Journal of Cleaner Production, liderado por el investigador Vishal Khanpit, incluyó dentro de la huella hídrica todo el proceso productivo: desde el riego agrícola hasta el procesamiento industrial, el uso de energía y los fertilizantes. Los autores concluyen que, si bien la leche animal presenta una huella hídrica menor, entre las bebidas vegetales la de almendras es la que más agua demanda, principalmente por las características del cultivo.

A pesar de ello, el sector ha logrado avances significativos. Según la Junta de Almendras de California, entre 1990 y 2010 se redujo en un 33% el uso de agua por almendra. Desde 2018, los productores se propusieron disminuir otro 20% para 2025 mediante tecnologías como microrriego, sensores de humedad y riego automatizado. Para 2022 ya se había alcanzado el 75% de ese objetivo y más del 80% de las plantaciones utiliza sistemas de microrriego.

Impacto a las abejas

Otro eje central del debate ambiental es el impacto sobre las abejas. La producción de almendras depende en gran medida de la polinización animal, especialmente de abejas melíferas. Cada año, millones de colmenas son trasladadas desde distintas regiones de Estados Unidos hacia California. En febrero de 2024, se estimó que fueron necesarias 2,7 millones de colonias para polinizar 1,4 millones de acres de almendros, lo que representó casi la totalidad de las colmenas del país.

Agustín Sáez, investigador del CONICET, explicó que no existen estudios concluyentes que demuestren un impacto negativo directo sobre la biodiversidad general. Sin embargo, advirtió que el traslado de colmenas implica un fuerte estrés para las abejas, aumenta el riesgo de enfermedades y puede generar pérdidas de colonias. A esto se suma la posible exposición a agroquímicos durante el proceso productivo.

Al mismo tiempo, los almendros ofrecen néctar y polen de alta calidad nutricional, lo que favorece el crecimiento de las colonias durante la floración. Según Sáez, el entorno agrícola presenta tanto riesgos como beneficios para los polinizadores.

Frente a este escenario, investigadores trabajan en el desarrollo de variedades de almendro autocompatibles, como la variedad Independence, capaces de producir hasta un 80% sin polinizadores. No obstante, la presencia de abejas aún permite incrementar la producción en un 20%.

En términos de emisiones de gases de efecto invernadero, la leche de almendras presenta mejores indicadores que la leche de vaca, con 0,39 kilos de CO₂ equivalente por kilo, frente a los 1,29 kilos de la leche animal. Sin embargo, supera a otras alternativas vegetales como la avena o la soja.

Así, la leche de almendras se ubica en un punto intermedio dentro del debate ambiental: ofrece ventajas frente a los lácteos tradicionales, pero plantea desafíos importantes que impulsan al sector a innovar para lograr una producción más sostenible.

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