El asesinato de Yeison se reveló con violencia extrema:
D: Su rostro desfigurado, mandíbula destruida y extremidades destrozadas. Su muerte, súbita y brutal, dejó huellas de agonía y barbarie irreparable.
Redacción EXTRA
En medio de un cañaduzal, bajo la penumbra de la noche, un olor pútrido se levantó desde la tierra como un presagio. Las luces de las patrullas iluminaron los brotes azucareros, bañando de destellos fríos un escenario que pronto reveló su horror. Allí, entre cintas amarillas y miradas que se apartaban con recelo, y otras que se acercaban con morbosa curiosidad, yacía lo que alguna vez fue un hombre: los restos de Yeison.
El hallazgo, registrado en la ruta Candelaria–Padilla, cerca de Puerto Tejada, expuso un cuerpo marcado por la violencia extrema. Su rostro, desfigurado hasta perder toda identidad, mostraba la brutalidad de un acto que no dejó espacio para la misericordia. Los ojos arrancados, los dientes desprendidos de la mandíbula, el cuello abierto y las extremidades destrozadas eran señales de una agonía que se prolongó hasta el último instante. La mano izquierda, apenas sostenida por un hilo de piel, se convirtió en muestra de la cueldad humana frente a la barbarie.
De Yeison se sabe que era extranjero y que recorría el norte del Valle del Cauca hasta llegar a este punto fatal. Las autoridades, tras levantar los restos, tomaron muestras y fotografías para iniciar la investigación y la necropsia. Sin embargo, más allá del procedimiento técnico, lo que queda es la imagen de una muerte que se impone como un rayo: súbita, devastadora, imposible de ignorar.
La comunidad, en contraste, permaneció indiferente. No hubo gritos ni manifestaciones de dolor. Apenas un silencio que se confundía con la normalización de la tragedia. En redes sociales, los mensajes fueron insulsos, vacíos, incapaces de reflejar la magnitud del horror. Como si la muerte se hubiera convertido en un paisaje cotidiano, como si la violencia ya no sorprendiera ni conmoviera.




