Por: Nilsa Villota
Cuando la democracia es golpeada en un país, el pensamiento se vuelve turbio, se siente la ausencia de justicia y la mayor parte de la sociedad experimenta un profundo desdén que apaga nuestra voz y estruja nuestro corazón.
Hoy, un dolor nos embarga: murió Miguel Uribe Turbay después de luchar 65 días por conservar su vida. Esos días permitieron que su familia y toda la sociedad colombiana se prepararan un poco para tan grande pérdida.
Es cierto, cualquier muerte duele, y ninguna debería ser indiferente. Pero esta duele mucho más, porque Miguel entregó su fuerza y juventud en el camino político, con ganas de vivir buscando un fin social. Desde el activismo político, luchaba para que su voz fuera escuchada y así contribuir al bienestar de la sociedad. Quería que ya no haya más muertes ni historias en las que se dejan huérfanos a niños y niñas por desacuerdos sociales, narcotráfico o conflictos de intereses que menosprecian la vida. Aunque suene irónico, hoy, su hijo Alejandro despide a su padre como él lo hizo cuando tenía solo 4 años, al despedir a su madre.
Pero más allá de los hechos que hoy nos conmueven, Colombia necesita justicia. Es imperativo investigar y dar con quienes cometieron este acto que ha cegado la democracia en nuestro país. No podemos permitir que todo quede en la impunidad, que la sombra del olvido cubra este hecho y que el tiempo diluya la justicia.
Miguel, tus ideales libres y tu carisma serán siempre un camino recorrido y recordado en las promesas políticas futuras. Un nuevo magnicidio se escribe en la historia de Colombia. Los hombres son humanos y mueren, pero aquellos que hablaron con fuerza, que alzaron su voz, nunca serán olvidados. Aunque los hayan matado, su legado y su sentido vivir perdurarán en la memoria de todos.

