Por: Carlos Eduardo Lagos
Nunca habíamos tenido tanta información al alcance de la mano. Nunca habíamos estado tan conectados. Y, sin embargo, pocas veces había resultado tan difícil escucharnos.
Vivimos tiempos de opinión permanente. Las redes sociales han convertido a millones de personas en comentaristas instantáneos de política, economía, seguridad, relaciones internacionales o cualquier tema que aparezca en la pantalla de un teléfono. Cada noticia genera una avalancha de juicios. Cada debate produce nuevas trincheras. Cada diferencia parece exigir una confrontación.
En medio de este ambiente de polarización recordé una antigua parábola del Budismo Zen cuya vigencia resulta sorprendente. Cuenta la historia que un estudiante orgulloso acudió donde un maestro para aprender. Mientras el anciano preparaba el té, el joven no dejaba de hablar. Explicaba todo lo que sabía, los libros que había leído, las conclusiones a las que había llegado y las opiniones que había formado sobre la vida. Entonces el maestro comenzó a servir el té. La taza se llenó.
Pero siguió vertiendo. El líquido empezó a derramarse sobre la mesa. Sorprendido, el estudiante protestó: Maestro, la taza está llena. Ya no cabe más. El anciano respondió serenamente: Exactamente. Como tu mente. La fuerza de esta historia reside en su sencillez. Un recipiente lleno no puede recibir nada más. Y una mente saturada de certezas tampoco.
Quizás ese sea uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Hemos confundido información con sabiduría. Creemos que porque conocemos algunos datos ya comprendemos toda la realidad. Pensamos que leer a quienes confirman nuestras ideas equivale a conocer todos los argumentos. Con frecuencia llegamos a las conversaciones no para escuchar sino para responder; no para comprender sino para convencer.
La consecuencia es visible. Cada vez resulta más difícil sostener un diálogo genuino. Lo más preocupante es que el costo de esta actitud no se paga únicamente en la arena política. Se paga también en la vida cotidiana. En amistades que se enfrían después de una discusión. En familias que evitan ciertos temas para no entrar en conflicto. En compañeros de trabajo que ya no conversan sino que se clasifican mutuamente según sus posiciones.
Quizás ninguno de nosotros está completamente libre de esa tentación. La polarización no surge únicamente de los líderes políticos. También se alimenta de nuestras propias certezas. Y los algoritmos hacen el resto. Cada día nos muestran más contenido parecido al que ya consumimos, más opiniones afines y más argumentos que refuerzan nuestras convicciones. Poco a poco terminamos viviendo dentro de cámaras de eco donde escuchamos una y otra vez versiones distintas de aquello que ya creemos.
Nuestra taza se llena cada vez más. Y cuanto más llena está, menos espacio queda para aprender. Por eso la enseñanza del maestro Zen conserva toda su vigencia. Vaciar la taza no significa renunciar a las convicciones ni abandonar los principios. Significa reconocer que nadie posee toda la verdad, escuchar antes de responder y comprender antes de juzgar.
Tal vez Colombia no necesite solamente mejores gobernantes o mejores candidatos. Tal vez necesite mejores oyentes.
Porque una sociedad donde todos hablan y nadie escucha termina convertida en un inmenso coro de monólogos.
Y los monólogos jamás construyen puentes.
Quizás el primer acto de sabiduría, en estos tiempos de ruido, consista simplemente en hacer espacio para que entre una idea nueva.
En vaciar un poco la taza.



