La soledad llega como una prueba silenciosa: te enfrenta a todo lo que aceptaste por miedo a quedarte sin nadie. En ese vacío incómodo se caen las excusas, se rompen las ilusiones y aparece una verdad clara: no todo vínculo vale la pena, no toda promesa es amor.La soledad no te abandona, te despierta; te enseña a mirar sin adornos aquello que antes justificabas.Y cuando lo entiendes, algo se ordena por dentro. Prefieres la calma a la costumbre, la dignidad al apego, la paz a la compañía que lastima. Dejas de extender la mano para recibir lo que te hiere y aprendes que estar solo, a veces, es la forma más honesta de cuidarte.

