Por: Jonathan Alexander España Eraso
En «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», cuento escrito por el autor argentino Jorge Luis Borges, «hay poemas famosos compuestos de una sola enorme palabra». Por otra parte, Octavio Paz observa que uno de los sutras (prédicas de los maestros budistas), condensa la doctrina en una sola sílaba, al contrario de otros que lo hacen en miles de estrofas. Todo poema, toda obra en esencia, nos ilumina no sólo desde lo que nos dice, sino también desde lo que nos deja de decir, porque su intensidad, en el decir o en el callar, es silenciosa.
El silencio es la boca del lenguaje, gracias a él se fondean los comienzos mismos de las palabras. En ese punto de partida, el origen es, sin duda, lo secreto. De ahí que se escribe desde el silencio. Es más, al estilo del poeta maldito Arthur Rimbaud, escribimos silencios, nos fijamos en su vértigo y, pausadamente, retornamos a lo que no hemos escrito, a lo que no hemos vivido, para hacerlo un lugar de residencia en la página que se expone al abismo: traducimos, en este proceso de vaciamiento de la memoria, nuestra soledad sonora.
«El silencio es la boca del lenguaje, gracias a él se fondean los comienzos mismos de las palabras. En ese punto de partida, el origen es, sin duda, lo secreto. De ahí que se escribe desde el silencio».
En 4′33″ (1952), obra musical en tres movimientos realizada por el compositor estadounidense de vanguardia John Cage, el silencio se compone de los ruidos que escucha el espectador durante «cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio». Así se explicaría, creo, por qué el ruido no existiría sin el silencio. ¿Se pacta acaso una nueva instancia entre la realidad y la no realidad del mundo? Se trata de una forma y un lenguaje que trazan el camino del vacío que nos despoja del yo, de su superficialidad y de su desmesura ficcional, para transparentarnos en el otro.
En el aforismo célebre «una rosa es una rosa es una rosa» de Gertrude Stein, aparte de la simplificación verbal que le permitió afirmar a la escritora estadounidense que «en esa línea la rosa es roja por primera vez en la poesía inglesa», el silencio se materializa, en tanto cuerpo e identidad, y nombra. Justo en ese instante, surge el poema, «un dios salvaje —afirma Yeats— que se devora a sí mismo». Por sus vertientes, nos restituimos y abandonamos a su misterio que entraña el espejo de la página en blanco.
Parece, pues, evidente: la poesía es esclarecimiento y revelación de lo que callamos, de la totalidad que nos hace vivir y se hace densa en las relaciones que teje en nuestra imaginación. Pero precisemos: no sólo se trata del silencio y del poema, sino del enigma que la escritura crea para que las palabras recobren su pureza. Nuestro destino parece ser similar al de Ulises, imaginado por Alberto Manguel, que —desbordado por los prodigios del canto, tras escuchar a las sirenas— «compone una autobiografía que todo lo abarca, pasado, presente y futuro, un poema reflejado en el que Ulises reconoce, y también descubre, su verdadero ser». Entonces, es, sin más, cómo las palabras y el silencio se hacen en nuestros dominios mientras nos precipitamos en la materia de lo ausente.

