Por: Ricardo Sarasty
Sí, el refranero popular manda a decir que la manera correcta es el mismo perro con distinta guasca, pero, así como se puede ver en los anuncios publicitarios que promocionan las diferentes candidaturas para el próximo congreso de la república, más sentido tiene afirmar que lo diferente en casi todas esas postulaciones es el perro. Aunque parece que con la ayuda de las últimas tecnologías digitales ciertos candidatos y candidatas buscaron hacer creer que el perro de las anteriores elecciones era el mismo de estas, aunque el lazo ahora como parte de la estrategia electoral ya no sea azul, rojo, blanco o verde. Y es que, por virtud de esta jugadita, a la mejor manera de Lucho Díaz, buscan meterle un golazo a los ciudadanos que el domingo van hasta las urnas convencidos de que votan por quien habían votado siempre y ya eligieron como senador o representante, aunque sea en obediencia a lo que siempre se dice para justificar porque se termina eligiendo al mismo o la misma así no haga nada: más vale malo conocido que bueno por conocer.
Véanlos bien, porque como dijo el desprevenido transeúnte parado frente a uno de esos descomunales carteles, es que es el mismito doctor ah claro que más joven. Solo por ese detalle y el segundo apellido es que se puede advertir que son los pretendidos herederos de sus progenitores de lo que aseguran que les es parte de su patrimonio, el puesto en el senado o la cámara. Candidatos y candidatas a quienes curiosamente, como a sus sucesores hasta en los afiches de sus últimas campañas trataron de mostraron eternos. Es que también para efectos de lo que hoy llaman márquetin electoral, quizá para significar frescura, todos los candidatos, desde los años en los que los antepasados de estos señores y señoras disputaban el asiento en el congreso, para los afiches de las campañas se ha escogido la fotografía en la que menos se nota, no las canas ni las arrugas o las consecuencias de la alopecia, si no el deterioro moral de la misma manera como sucede en el retrato de Dorian Gray. Pero no hay que dejarse engañar por la vista y por el candidato o la candidata, así se vea como la misma figura de su ascendente el que espera contar su voto es otro y esto debería de celebrarse como parte de la buena salud de la democracia porque como repiten por ahí acudiendo a un lugar común, muy propio de estas fechas en los ámbitos de los movimientos y partidos políticos, es la sangre nueva que revitaliza la democracia en el país.
No obstante, sucede con estos candidatos que no buscan ningún cambio, pues si algo los hace ver similares con sus antecesores en esos sus iconos es quizá la característica implícita en el eslogan que pone de manifiesto el ideal con el que buscan mantenerse en la política, o sea permanecer y lucrarse de ella, entendida la política a la manera de los sofistas, como el oficio de saber engañar. Concepto que heredan por atavismo puesto que ha sido y será parte de su crianza y formación cultural, un sustento ideológico que sienten que deben defender porque necesitan orgánicamente de él, así como sus antepasados lo requirieron para hacerse a una riqueza acosta de cabalgar metidos en la figura de aspirantes a representar a su gente elección tras elección, por lo que acuñaron la imagen que debió de inmortalizarlos como generosos y luchadores, repartiendo las mismas baratijas, los mismos tamales y también las mismas promesas que hoy sus alter egos repiten como si fueran suyas, solo que ahora muchos votantes ya notaron que lo que cambia solo es, así no lo quieran mostrar, la figura del perro.




