LA FAMILIA, CORAZÓN HERIDO DE LA SOCIEDAD (2)

Se promueve, de manera sutil y, en ocasiones, de manera explícita, una visión ajena a la dignidad integral de la persona humana. Se introduce en los centros educativos una ideología que relativiza la complementariedad hombre-mujer, que diluye la identidad sexual, que presenta como “progreso” lo que en realidad es deconstrucción de la naturaleza humana.

Se añade también una ideología política de confrontación social que no conduce a nada bueno. Y cuando los padres de familia y otros integrantes de la sociedad expresan su preocupación, son calificados como “retrógrados” o “enemigos de los derechos”. Se les niega a los padres de familia, el derecho fundamental a participar activamente en la educación de sus hijos. Se les dice que el estado sabe mejor que ellos, lo que sus hijos necesitan aprender.

Esto no es solo una cuestión educativa. Es una cuestión antropológica, ética y, en última instancia, moral. Porque está en juego la visión misma del ser humano. ¿Qué es el hombre? ¿Qué es la mujer? ¿Qué es la familia? ¿Qué es la sociedad? ¿Quién tiene autoridad para definir estas realidades? ¿El Estado? ¿La ideología dominante? ¿O la verdad inscrita en la naturaleza humana y revelada por Dios?

Debemos tener en cuenta que una de nuestras prioridades como Iglesia, debe ser el acompañamiento integral de las familias. No podemos limitarnos simplemente a preparar a las parejas para el matrimonio y luego abandonarlas a su suerte. Necesitamos una pastoral familiar robusta, que acompañe a las familias en todas las etapas de su vida, que las fortalezca ante las crisis, que las ilumine con la luz del Evangelio.

Cuidemos como máxima prioridad nuestra familia, el núcleo fundamental de nuestra sociedad. Tratemos por todos los medios, que los padres permanezcan unidos, a pesar de problemas que nunca faltan; que enseñen a sus hijos con el ejemplo la tolerancia, el respeto, el perdón, el trabajo, la colaboración en los quehaceres domésticos, la relación con Dios, la ayuda solidaria a quienes sufren física o moralmente. De nuestras familias, no sólo del gobierno de turno, depende que nuestros pueblos vivan en paz, armonía y forjen un mejor futuro para todos.

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