He conocido muchísimas familias, de muy variadas posiciones sociales y económicas, sobre todo pobres y de clase media, que educan bien a sus hijos, aunque económicamente no les puedan dar todo lo que necesitarían. Lo hacen no tanto con palabras y consejos, sino con el ejemplo de su vida.
Los hijos aprenden el respeto a los demás, el trabajo honrado, la tolerancia, el colocar primero a Dios y a la familia. Con el tiempo, alguno de los hijos puede contaminarse con malas amistades, o ser arrastrado por la ambición del dinero, por el alcohol o las drogas, por los excesos sexuales, pero en su corazón lleva los valores recibidos en su familia, y tarde o temprano recapacita y vuelve al buen camino aprendido en el hogar.
También he conocido familias desintegradas, por la violencia intrafamiliar, por las infidelidades conyugales, por la prolongada y constante ausencia paterna o materna, que dejan la casa para ir a trabajar, con la mejor intención de llevar a casa el pan de cada día, pero cuyos hijos crecen sin presencia educativa de sus padres. Se sienten solos, desprotegidos, incomprendidos, no corregidos, expuestos a malas compañías, incluso a ser reclutados por organizaciones criminales, que les ofrecen dinero, armas, ser parte de un grupo y presumir de tener poder social. Muchísimos casos de quienes cometen diversos crímenes, proceden de familias desintegradas.
Angustia profundamente la realidad que se vive en nuestra patria, considerando que algo fundamental, que puede explicar la raíz de muchos males, es la destrucción de la familia. Toda esta realidad preocupante comienza en la familia: Una sociedad que no protege a la familia se desprotege a sí misma. Lo que estamos viviendo es una sistemática desestructuración familiar que genera, inevitablemente, una desestructuración social.
Los datos son alarmantes y no podemos ignorarlos: Familias desintegradas, violencia intrafamiliar y en ambientes escolares, adicciones que destruyen la vida de los jóvenes. Detrás de las estadísticas hay rostros de personas concretas sin futuro.
Necesitamos elevar la voz cuando las políticas públicas atentan contra la familia. Desafortunadamente las políticas públicas educativas actuales se están implementando sin un diálogo genuino con los padres de familia y los demás agentes de la educación.




