La ciudad de Pasto, se vistió de memoria y de dolor en la conmemoración de las víctimas del conflicto armado, donde se recordó, con una tristeza inabarcable, a aquellos que desaparecieron bajo circunstancias que la historia aún no alcanza a explicar. Entre las voces que se levantaron esa mañana, se alzó la de Gloria González, una madre que a sus 69 años todavía guarda el eco de una despedida que nunca fue dicha, de una promesa rota, de un hijo que jamás regresó.
William Jurado González, su único hijo, salió de casa un día cualquiera, con la ilusión de conquistar el mundo. Era joven, lleno de sueños y esperanzas. Pero nunca volvió. Ā«El 9 de noviembre de 1996, mi hijo salió de la casa a las 7 de la mañana. Me dijo que iba a buscar trabajo. Nunca más lo viĀ», narra Gloria con la voz quebrada, pero firme. En su relato no hay despedida, ni explicación, solo un vacío de 30 años, que ni el tiempo ni las palabras han logrado llenar. Ā«Hasta ahora no sé nada de élĀ», dice, como si las palabras pudieran traerlo de vuelta.
Durante tres décadas, Gloria ha guardado la esperanza, sin embargo, cada día el dolor se agudiza, mientras la incertidumbre se convierte en su única compañera. A veces, se despierta en medio de la noche con la sensación de que él está en algún lugar, solo, sin poder regresar. Se imagina que, tal vez, en algún rincón de Colombia o más allá, su hijo ha sido obligado a olvidar, a borrar su pasado, a desaparecer en un sistema que devoró su vida y la de miles más.
La historia de Gloria no es única. En las mismas tierras, en las mismas calles de Pasto, se cruzan los relatos de muchas otras madres, como Emerida Rodríguez, una comerciante del municipio de Leiva. Ella también se enfrenta a la incertidumbre de no saber en qué rincón de Colombia está su hijo. La violencia de aquellos años arrancó a su niño con la misma brutalidad con que se llevaban las esperanzas de toda una nación. Ā«Un día, hombres armados llegaron a mi vereda. Se lo llevaron sin que pudiera hacer nada. El sol sigue saliendo y poniéndose, pero mi hijo sigue siendo una ausencia eternaĀ», dice Emerida, con la mirada perdida en un horizonte que ya no ofrece respuestas.
Emerida y su familia, al igual que Gloria, han aprendido a vivir con la ausencia, a mirar los días pasar sin la posibilidad de cerrar el ciclo que la desaparición forzada dejó abierto. Pero el dolor, aunque callado, nunca deja de latir. La incertidumbre se convierte en un peso insoportable, que las mujeres cargan cada día con la esperanza de que un milagro las reunirá con sus hijos, aunque saben en lo más profundo de su ser que ese reencuentro es una ilusión de amor imposible.
Relatos
Estos relatos, estos rostros de madres que nunca olvidan, fueron el alma de un evento que se desarrolló en pleno centro de Pasto, en una jornada dedicada a recordar a los hijos que no regresaron. En las pancartas que colgaban en el aire, los nombres de los desaparecidos se mezclaban con las lágrimas de quienes aún, día tras día, esperan el regreso de sus seres queridos. No es solo una conmemoración; es un grito de dolor, un recordatorio de la violencia que destruyó vidas y sueños.
En la misma Plaza de Nariño, donde el pasado se mezcla con el presente, los recuerdos fueron más fuertes que nunca. Las madres, los padres, los hermanos, se pararon en el mismo lugar, firmes, sin poder contener la tristeza que los consume. En sus ojos brillaba la esperanza rota, el anhelo de un reencuentro que no llega, pero que jamás se apaga. Los nombres de sus hijos, esos que alguna vez fueron tan cercanos, resonaban como un eco en las paredes de la plaza, mezclándose con el viento que no trae respuestas, solo más preguntas. Ā«El olvido no es una opciónĀ», afirmaba una de las organizadoras del evento, mientras los asistentes se reunían, algunos abrazando a sus recuerdos, otros a sus familiares, que también habían sido víctimas de la violencia que aún ensombrece la región. La violencia no solo arrebata vidas; también arrebata la dignidad, el derecho a saber, el derecho a despedirse. Ā«Nos arrancaron a nuestros hijosĀ», decía otra madre, mientras las lágrimas, como una constante, se deslizaban por su rostro.




