Por: Luís Eduardo Solarte Pastás
Este 26 de abril, Pasto vivirá una jornada que, aunque suele pasar desapercibida frente a las grandes elecciones, es quizá una de las más determinantes para la vida cotidiana de sus ciudadanos: la elección de los nuevos dignatarios de las Juntas de Acción Comunal. No es una votación menor. Es, en muchos sentidos, el termómetro real de la democracia desde las bases.
En cada barrio, en cada vereda, las Juntas representan la primera línea de organización social. Son el espacio donde los problemas dejan de ser individuales para convertirse en causas colectivas, donde la comunidad se reconoce y actúa. Allí se tramitan necesidades urgentes, se construyen soluciones y, en el mejor de los casos, se teje el sentido de pertenencia que tanto le hace falta a nuestras ciudades.
Sin embargo, ese ideal ha venido erosionándose con el tiempo. Lo que debería ser un escenario de servicio se ha convertido, en no pocos casos, en un terreno fértil para intereses particulares. Cada elección comunal revive una tensión incómoda: la que enfrenta el verdadero liderazgo comunitario con la tentación de usar estos espacios como plataformas políticas o instrumentos de poder.
No es un secreto que, a medida que se acercan elecciones regionales o locales, algunas Juntas terminan siendo cooptadas por campañas que ven en ellas una estructura organizada, lista para movilizar votos.
Por eso, la elección de este 26 de abril no puede asumirse con indiferencia. Es un momento para que la ciudadanía recupere el control de sus espacios y exija líderes comprometidos con el interés general. Ser dignatario comunal no es un trampolín político ni una oportunidad para gestionar beneficios selectivos; es una responsabilidad que implica transparencia, vocación de servicio y capacidad de gestión.
Los nuevos integrantes de las Juntas tienen un reto enorme: demostrar que es posible hacer las cosas de manera distinta. Que se puede liderar sin clientelismo, gestionar sin intermediarios políticos y construir comunidad sin cálculos electorales. Su legitimidad no dependerá de a quién apoyen en futuras campañas, sino de los resultados concretos que logren para sus vecinos.
Pero este llamado no puede quedarse únicamente en los líderes comunales. La administración municipal tiene una responsabilidad directa en el fortalecimiento de estas organizaciones. Durante años, se ha confundido apoyo con espectáculo: eventos multitudinarios, celebraciones de un día, inversiones visibles pero efímeras que poco aportan a la consolidación de procesos sólidos.
Es urgente cambiar ese enfoque. Fortalecer las Juntas de Acción Comunal implica invertir en formación, en herramientas de gestión, en acompañamiento técnico permanente y en mecanismos de control que garanticen transparencia. Significa construir capacidades, no simplemente generar aplausos momentáneos.
En el fondo, lo que está en juego este 26 de abril no es simplemente quién dirige una Junta, sino quién manda realmente en los barrios: la comunidad o los intereses políticos. Pasto no puede seguir tolerando que estos espacios sean convertidos en moneda de cambio ni en oficinas alternas de campañas electorales.
Si las nuevas Juntas repiten las prácticas de siempre, habrán traicionado la confianza de sus vecinos desde el primer día. Pero si deciden romper con ese ciclo, pueden convertirse en el verdadero motor de una democracia viva, incómoda para los oportunistas, pero útil para la gente.
solarpastas@hotmail.com
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