La curiosidad no mató al gato

Por: Jaime Leal

En Colombia es usual escuchar a muchos de los mayores de los hogares decir a los menores, a manera de sutil amenaza, que “la curiosidad mató al gato” para sugerirles no preguntar ni meterse en asuntos que, en su parecer, estos no deben conocer.

Y así generaciones enteras se han educado, con la idea de que es mejor guardar silencio y no indagar ciertos temas, y que eso es una norma de urbanidad que evita conflictos.

No obstante, la mayoría de los grandes descubrimientos, inventos y paradigmas de la humanidad, han sido producto de la curiosidad de quienes no se conformaron con su entorno, realidad y presente y se atrevieron a ir más allá de las ideas preestablecidas y conocimientos recibidos en su escuela y su entorno social.

Asumir como algo incuestionable el que “siempre se ha hecho así”, “no hay nada qué hacer”, “si lo dice él, es verdad”… demuestra mente y caracteres apocados, sin criterio ni aspiraciones. No rebelarse contra la ignorancia, la mentira, la indignidad, la injusticia, y no buscar otros caminos es negarles un mejor futuro a las siguientes generaciones.

La historia, en cambio, nos ha mostrado cómo muchos de quienes han dicho “y por qué no?”, “…y qué tal si…”, “y si en vez de esto se hace aquello…”… han descubierto que el conocimiento heredado, es importante, pero lo es aún más el aporte que cada uno pueda dar. La tenacidad y la curiosidad, a veces acompañada del azar, superaron las verdades hasta entonces incuestionables.

Como pasó, por ejemplo, con Alexander Fleming, quien descubrió la penicilina al girar el enfoque de su investigación con bacterias; o con Leonardo da Vinci que, apasionado por el cuerpo humano, diseccionó cadáveres para mejorar su conocimiento; o con Arquímedes y su famoso grito de ¡eureka! cuando descubrió cómo el agua de una bañera podría ayudar a medir el peso de una corona de oro; o Albert Einstein y su aporte a la Teoría de la Relatividad tras preguntarse insistentemente ¿qué pasaría si alguien pudiera viajar junto a un rayo de luz?; o el ingeniero del hoy famoso papel para notas, Post-it, que lo descubrió tras fracasar con un pegamento muy fuerte… Y, así, como ellos, hay miles de ejemplos, de viajeros aventureros, de emprendedores y de cocineros, por citar algunos casos.

Si bien es protocolario y respetuoso no intervenir en asuntos ajenos a nuestra realidad, alejarse del chisme y de la intimidad de otros, también es cierto que resolver incógnitas, preguntar e indagar dentro del debido proceso y especular, despierta la imaginación y contribuye a mejorar el conocimiento y las formas de actuar frente a lo desconocido.

Cuando, erróneamente, contribuimos a formar nuevas generaciones en el silencio, en la aceptación acrítica de situaciones y en evitar las preguntas y la curiosidad, enseñamos que perpetuar las normas de siempre son la mejor forma de asegurar la convivencia, pero desconocemos que hijos, estudiantes y empleados están llamados a ir más allá que sus superiores y mayores; que la comprensión del mundo y los paradigmas sociales cambian, y que quienes no se atreven a indagar, a buscar alternativas, a preguntar y a dudar de las versiones que se les dan como únicas y verdaderas, corren el riesgo de actuar según mitos, de ignorar otras realidades y mundos que pueden ser mejores, y de limitar su vida a lo que reciben.

La curiosidad es connatural al intelecto, al trabajo constructivo, al estudio con sentido y al actuar político comprometido. Quien alimenta su curiosidad con respeto e investiga con rigor y disciplina, se hace un mejor trabajador, un ciudadano que aporta ideas a su comunidad, un líder que visualiza el camino oculto a otros, un padre que motiva a su hijo a ir más allá que él mismo, y un colombiano consciente que un mejor país debe construirse en caminos distintos a los que siempre recorrieron sus generaciones precedentes.

Se dice que los padres, jefes y profesores de hoy son más modernos y de “mente abierta” que los de antes. Eso no debe entenderse como una riesgosa actitud de permitirlo todo, sino de fomentar la curiosidad intelectual y la búsqueda de otras formas de ver la vida, dentro de los límites del respeto, la dignidad y la convivencia.

Jaime Leal Afanador

Rector UNAD

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