Por: Mauricio Fernando Muñoz Mazuera
Durante la inauguración de los juegos olímpicos que se disputan en Paris desde la pasada semana, se miró una imagen realmente denigrante que ataco totalmente las raíces, no solo de este certamen deportivo, sino de todos los cristianos en el mundo entero. Los Juegos Olímpicos de la era moderna fueron concebidos por el barón Pierre de Coubertin en 1894 en la Universidad de la Sorbona en París. El sacerdote dominico Henri Didon, amigo de Coubertin, fue quien le dio forma al lema olímpico “citius, altius, fortius” (“más rápido, más alto, más fuerte”), este sacerdote usaba dicho lema desde años atrás para incentivar la deportividad y el respeto entre los atletas que participaban en las justas atléticas que Didon organizaba en las instituciones educativas en las cuales trabajaba.
Contradictoriamente, esa misma raíz religiosa y de respeto que fue impulsada por el dominico en medio de los juegos olímpicos, quedo mancillada tras la mofa que se hizo de la escena de la “Ultima Cena” recurriendo a la representación de la misma con ese toque tan progresista que a la fuerza y en contra de la mayor parte de la sociedad, se ha enquistado a nuestro alrededor con ese clásico hedor revanchista.
Francia, siendo cuna de tantos aportes para la humanidad, tenia de donde escoger para dar forma a una ceremonia de inauguración acorde al evento. Que hermoso hubiese sido ver una referencia a “La Belle Époque”, la construcción de recintos, palacios, parques y otras obras de ingeniería que aun maravillan a las mujeres y hombres que visitan estas tierras. Francia es la tierra de Verne, Molière, Antoine de Saint-Exupéry, Honoré de Balzac, Alexandre Dumas, Charles Perrault entre otras mentes brillantes, en quien, con seguridad, cualquier equipo de organización de un evento, pudo encontrar inspiración para dar forma a una muestra para la inauguración de los olímpicos.
Y si a pesar estos grandes nombres, la inspiración no llegaba, allí está el famoso Tour de Francia, ícono del deporte y cultura francés, o los entrañables Astérix y Obélix, que representan a los Galos que defendieron de forma heroica las tierras bañadas por el rio Sena del Imperio Romano.
Queridos lectores, si revisaron con atención la información que he compartido con ustedes, pueden ver que no he hablado de temas religiosos, a pesar de que Francia recibió la sede papal por muchos añ os, en Avignon, o que en sus territorios se yerguen las más hermosas catedrales de todo el mundo, por ejemplo Notre Dame de Paris o Sacré-Cœur. Esta tierra ha sido bendecida por la presencia de María en apariciones como Lourdes, La Salette, La Medalla Milagrosa, o Santa María de Laus. De igual manera no olvidemos que Francia ha sido cuna de grandes santos y santas, no solo reconocidos por sus dones, sino por el aporte que hicieron a la sociedad, por ejemplo Francisco de Sales, Catalina Labouré, Marcelino Champagnat, Teresita del Niño Jesus, Juan María Vianney entre otros, y a pesar de esto, es una tierra que pareciese que detesta el símbolo de la cruz.
La culpa es nuestra como Cristianos, y puntualmente como Católicos, porque con tanto discurso de sinodalidad, apertura y colores, nos hemos olvidado de fortalecer nuestras raíces, esa tradición que fundamenta las creencias, y que durante siglos, han permitido construir sociedad, no destruirla como si se está haciendo en el momento. Queremos hablarle al mundo y adecuar nuestro mensaje para no herir susceptibilidades, sin tener en cuenta el ejemplo del mismo Jesús, que cuando tuvo que hacerlo, les dijo raza de víboras y sepulcros blanqueados a los eruditos de su tiempo.
Los Cristianos Católicos por convicción no debemos quedarnos callados, es nuestra obligación denunciar lo nefasto, no tenemos por qué amedrentarnos o callarnos ante los “sabios” de este tiempo que quieren acallarnos y justificar todo, vanagloriandose de nadar en un océano de conocimiento, con un centímetro de profundidad; lo que nació mal, siempre estará mal.

