POR: P. NARCISO OBANDO
Cambian los gobiernos, pero no cambia la corrupción. Nuestro país sigue gozando la no envidiable posición de ser uno de los más corruptos de la región; esto significa que es un lugar poco atractivo para inversiones o que posibilite un proyecto serio de desarrollo.
Es cierto que la corrupción en el ejercicio del poder público no es patrimonio de un solo partido político ni de un grupo. Quienes pensaban que, al cambiar un partido en el poder, la corrupción de los saqueaban o usufructuaban los bienes de la nación se terminaría por la honestidad prometida de los recién llegados, estaban soñando.
Así es. La rampante corrupción como cáncer destructivo sigue apoderándose del país. Es doloroso y frustrante al mismo tiempo que quienes recibieron la encomienda de regir los destinos de Colombia, falten gravemente a su deber y se dejen arrastrar por el inversionismo político que solo busca prebendas y aprovecharse de los tentáculos del poder para enriquecerse.
Es indignante que los bienes públicos que debían estar disponibles para la atención de los necesitados y más vulnerables se derrochen en devolver favores a los carroñeros de ocasión. Es un crimen que atenta contra la dignidad de la persona y de la sociedad colombiana.
Saltan a la vista cada día los diferentes tipos de corrupción como el soborno, desviación de recursos, uso de cargos públicos para beneficio privado, favorecimiento hacia familiares o amigos, a los que se otorgan cargos o empleos públicos por el mero hecho de serlo, sin tener en cuenta otros méritos, y la captura del estado. Contrariamente en países donde funcionan las instituciones, nadie está por encima de la ley.
Es igualmente repugnante que quienes se aprovechan de los actos de corrupción se despachen con excusas simplonas y poco creíbles. Si realmente ignoran lo que acontece en sus campañas son unos ineptos y no merecen ocupar cargos públicos. Si conocen los manejos turbios de quienes son sus colaboradores cercanos y no hacen nada por corregir sus posturas son igualmente culpables. Y deben responder del robo flagrante de lo que es patrimonio común con penas de cárcel y devolver al pueblo lo que le han arrebatado.
El país se encuentra sin derrotero firme, hay carencia de auténticos líderes. Nos emborracha el afán de poder, lucro, bienestar material y la búsqueda de placer sin medida. Los valores que deben prevalecer en una sana convivencia social los hemos desechado. Es doloroso el que muchos salgan a defender un supuesto derecho a terminar con la vida del ser más indefenso. Si el derecho a vivir es rechazado, no podemos vencer el mal endémico de la corrupción que es un atentado flagrante contra los derechos de los más vulnerables.
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A todos los ciudadanos nos corresponde hacer un examen de conciencia para descubrir nuestra complicidad con tales actos repudiables. El fanatismo de no pocos, que unas veces aplaude y otras mira hacia otro lado, provoca la impunidad de los que cometen delitos contra los pobres y desvalidos. Es hora de frenar a los oportunistas y desgraciados que solo van tras sus intereses personales.
Por ello, uno de los mayores compromisos que los colombianos debemos tomar en el futuro es vencer la corrupción con un compromiso de mucha mayor honestidad y amor a la patria. Como ciudadanos conscientes, debemos analizar y reflexionar las decisiones que asumimos a la hora de elegir quienes nos gobiernan.

