El debate sobre cómo reducir el impacto ambiental incluso después de la muerte ha llevado a científicos y expertos a analizar distintas prácticas funerarias. Según varios estudios y especialistas, el entierro natural o “green burial” es uno de los métodos más ecológicos disponibles actualmente.
Este tipo de entierro se diferencia del funeral tradicional porque prescinde de químicos, ataúdes metálicos y estructuras de cemento, elementos que normalmente se utilizan para conservar el cuerpo. En su lugar, el cuerpo se deposita directamente en la tierra o en un ataúd biodegradable, lo que permite que el proceso natural de descomposición se integre con el ciclo ecológico del suelo.
Los expertos explican que los entierros convencionales generan un impacto ambiental considerable, ya que utilizan productos como el formaldehído para embalsamar los cuerpos, además de grandes cantidades de madera, acero y hormigón para los ataúdes y las bóvedas funerarias. Estas prácticas pueden contaminar el suelo y consumir importantes recursos naturales.
En contraste, el entierro natural busca que el cuerpo vuelva a la tierra de manera sencilla y sostenible. Para ello se utilizan sudarios o cofres biodegradables, y los cementerios ecológicos permiten que el terreno conserve su vegetación y biodiversidad. De esta forma, los nutrientes del cuerpo regresan al suelo y contribuyen al ecosistema.
Además del entierro natural, en los últimos años han surgido alternativas como el compostaje humano —que convierte el cuerpo en tierra fértil— o la hidrólisis alcalina, también conocida como cremación en agua. Sin embargo, muchos investigadores consideran que el entierro natural sigue siendo una de las formas más simples y sostenibles de despedirse sin generar grandes emisiones ni residuos contaminantes.
El creciente interés por estas opciones refleja un cambio cultural en torno a la muerte, donde cada vez más personas buscan formas de despedida que respeten el medio ambiente y reduzcan la huella ecológica incluso en el último acto de la vida.




