La caída de Maduro sacude a Managua y pone a Ortega bajo la lupa

La detención de Nicolás Maduro en Caracas no solo alteró el tablero político venezolano, sino que provocó ondas de choque en Nicaragua, donde el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo reaccionó con un silencio que muchos interpretan como señal de alarma. La pregunta que comienza a circular, dentro y fuera del país, es si el mandatario nicaragüense podría enfrentar un destino similar.

Desde la sorpresiva operación militar ordenada por el presidente estadounidense Donald Trump para capturar a Maduro, el Ejecutivo nicaragüense ha evitado pronunciamientos contundentes. Apenas se han conocido un par de declaraciones oficiales, sin una condena directa a Washington. Al mismo tiempo, medios independientes en el exilio informaron sobre un reforzamiento de la vigilancia por parte de la Policía, el Ejército y grupos paramilitares afines al sandinismo.

A diferencia de otras ocasiones, Ortega tampoco movilizó a sus bases hacia la rotonda Hugo Chávez, un espacio simbólico donde el oficialismo suele rendir homenaje al expresidente venezolano, quien durante una década sostuvo económicamente al régimen nicaragüense con millonarios envíos de petróleo.

“El impacto de lo ocurrido en Venezuela ha sacudido todas las estructuras del poder político, militar y económico en Nicaragua”, afirmó a DW el sociólogo y escritor Óscar René Vargas, exiliado tras haber sido encarcelado por el propio Ortega. Según el analista, las consecuencias de la captura de Maduro “no se quedarán en Caracas” y podrían tener efectos directos en Managua.

La oposición nicaragüense en el exilio celebró la caída del líder venezolano y expresó la esperanza de que Ortega y Murillo —acusados por la ONU de crímenes de lesa humanidad desde 2018— enfrenten un escenario similar. Mientras tanto, dentro del país, crece la inquietud entre empresarios y mandos militares, que, según Vargas, evalúan posibles escenarios si Estados Unidos decide replicar en Nicaragua la estrategia aplicada en Venezuela.

El rápido respaldo de la cúpula militar venezolana a Delcy Rodríguez como presidenta interina, tras la captura de Maduro, incrementó la preocupación en Managua. Para Vargas, ese reacomodo de poder demuestra que incluso los aliados más cercanos pueden cambiar de bando. “Ortega y Murillo temen a su propio entorno; el miedo a la traición es real”, sostiene.

El sociólogo describe además un deterioro progresivo dentro del Ejército, la Policía y la base social sandinista, lo que podría abrir la puerta a negociaciones con Washington para una salida pactada que preserve privilegios e impunidad, al estilo venezolano.

Más allá de Nicaragua, Vargas anticipa un posible “efecto dominó” en la región. Uno de los países más afectados sería Cuba, que dejaría de recibir decenas de miles de barriles diarios de petróleo venezolano, profundizando su ya grave crisis energética. También menciona presiones de Washington sobre otros gobiernos latinoamericanos, aunque con estrategias diferenciadas según cada caso.

En el plano económico, el impacto para Nicaragua sería limitado en comparación con el pasado. El economista Enrique Sáenz recuerda que entre 2007 y 2017 el chavismo aportó al menos 7.000 millones de dólares en cooperación petrolera, recursos que —según afirma— fueron clave para consolidar el poder de Ortega y acumular una fortuna personal. Hoy, sin embargo, la relación económica con Venezuela es marginal.

Aun así, Sáenz advierte que la verdadera vulnerabilidad de Nicaragua está en su dependencia de Estados Unidos. Las remesas enviadas desde ese país representan cerca del 25 % del PIB, además de ser el principal destino de exportaciones, inversiones y suministro petrolero. “Un endurecimiento de las medidas económicas estadounidenses tendría un impacto inmediato y profundo”, señala.

Por ahora, Washington solo ha aplicado un arancel del 18 % y ha utilizado de manera limitada mecanismos de presión como el CAFTA. Pero en los círculos de poder nicaragüenses, concluye Sáenz, crece la percepción de que la caída de Maduro podría marcar el inicio de un nuevo ciclo regional en el que Ortega ya no se siente tan seguro.