Por: Nilsa Villota
Hace algunos años decidí no tener hijos. El inmenso amor por lo social y por la política que mis padres y mis hermanos mayores despertaron en mí me llevó a comprometerme con la gente. Soy feliz así. Suena a sacrificio, pero créanme: no lo es. Por eso, el sentimiento de querer descendencia no habita en mi corazón. Sin embargo, tampoco estoy tan distante de ello: tengo sobrinas y sobrinos a quienes amo con lo más profundo de mi alma. Mi pareja también tiene una hija, y somos testigos mutuos de lo importantes que son nuestros pequeños —o no tan pequeños— en nuestras vidas, en las familias que Dios nos dio.
La vida me ha puesto a prueba con sucesos difíciles de asumir. He perdido a mis padres, a mi hermano —a quien amo más que a nada en este mundo—, a mi cuñado, un gran ser humano, y a una querida amiga. Cuesta muchísimo despedirse para siempre, pero al final uno entiende que son dolores que la vida exige asumir y sobrellevar. No queda otro camino.
Quería contarles esto para hacer liviana mi alma y, a la vez, abrir camino para dirigirme a quienes en estos últimos días han perdido a los suyos. A veces por causas naturales o fortuitas; otras, por decisión propia. Es difícil comprender por qué alguien decide partir de este mundo a tan temprana edad. A ustedes, los que quedan, los abrazo con toda sinceridad y consideración. Le ruego a Dios que les dé la fortaleza necesaria para enfrentar tan duro momento.
Hoy siento la necesidad genuina de usar este espacio con un único propósito: rendir un homenaje a quienes, por voluntad propia, se han ido de este plano, pero también a quienes quedan. Ellos son, quizá, las mayores víctimas de estos sucesos tan dolorosos y muchas veces inexplicables.
Que Dios bendiga cada uno de nuestros hogares y nos permita reconocer cuándo algún problema acecha a los nuestros, para actuar y ayudar a tiempo. Hoy la depresión, la ansiedad y las enfermedades mentales son cotidianas y están presentes en nuestros hogares. No hagamos caso omiso: busquemos ayuda si la necesitamos. Es mejor prevenir que lamentar.
No perdamos tiempo. Amemos con toda el alma. Escriban cosas bonitas a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos, a los suyos. Dedíquense canciones, regálense flores en vida, sorprendan a sus seres queridos con una visita o con una invitación. La vida es tan corta y tan sorpresiva que no podemos darnos el lujo de desperdiciarla. Disfrutemos cada segundo y recordemos algo que puede doler, pero es verdad: esta vida tan hermosa también es muerte, y la muerte siempre anda rondando en el aire.




