La banalización de la salud mental en redes sociales: un llamado urgente a la empatía

En los últimos años, las redes sociales se han convertido en escenario de fenómenos preocupantes en América Latina. Casos como el de Adriana Díaz en Bogotá y La Diva Indigente en Ciudad de México nos obligan a reflexionar sobre cómo estamos tratando a las personas con trastornos mentales y en condiciones de vulnerabilidad.

Adriana Díaz, diagnosticada con esquizofrenia paranoide y logorrea, se ha viralizado en plataformas como TikTok, donde es grabada en episodios de agitación y desconexión de la realidad. A pesar de la gravedad de su situación, buena parte del contenido difundido gira en torno a la burla o al entretenimiento banal. Del mismo modo, La Diva Indigente, un joven LGBT en situación de calle, ha captado la atención por su carisma y estilo en redes, pero su situación real —marcada por la exclusión, la pobreza y los riesgos que enfrenta a diario— queda opacada bajo la superficie del espectáculo viral.

Estos casos no son aislados. Revelan una tendencia peligrosa: el consumo superficial del sufrimiento ajeno. En lugar de ofrecer ayuda o propiciar espacios de apoyo, la sociedad promueve la popularización de estos rostros de dolor, muchas veces sin consentimiento real y sin la capacidad de comprender las implicaciones éticas de tal exposición.

Un fenómeno que perpetúa el estigma

Autores como la Dra. Marcela Alzate de la Asociación Colombiana de Psiquiatría han advertido que en América Latina la salud mental sigue siendo un tema atravesado por el estigma, los mitos y el desconocimiento. Al viralizar imágenes de personas con trastornos mentales fuera de contexto, no solo reforzamos prejuicios sino que también profundizamos su marginación.

Un estudio reciente de PlushCare reveló que más del 80% de los contenidos sobre salud mental en TikTok contienen consejos inexactos o engañosos, y apenas el 23% de los creadores están acreditados en el área de salud. Así, las redes sociales —en vez de ser un espacio de educación y empatía— terminan amplificando el desconocimiento y la indiferencia.

¿Estamos humanizando o explotando?

Tanto Adriana Díaz como La Diva Indigente son seres humanos, no personajes de entretenimiento. Detrás de cada video viral hay historias de abandono, dolor, enfermedad y sobrevivencia. Sin embargo, pocos se preguntan: ¿Qué estamos haciendo como sociedad cuando celebramos o nos reímos de su sufrimiento?

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No basta con hacerlos “famosos”. La fama no resuelve el abandono institucional, el acceso limitado a la salud mental, ni la discriminación que enfrentan. La viralización sin acompañamiento ni acciones de ayuda efectiva se convierte, tristemente, en una forma de explotación moderna.

Un llamado urgente a la responsabilidad social

Hoy más que nunca, necesitamos una ética digital que ponga en primer lugar la dignidad humana. Compartir videos de personas con trastornos mentales o en condición de calle debe ser reemplazado por acciones reales de apoyo, como exigir políticas públicas de inclusión, impulsar campañas de desestigmatización y fomentar el acceso a tratamientos adecuados.

La salud mental no debe ser usada como entretenimiento. La dignidad de cada ser humano debe ser respetada, incluso —y sobre todo— cuando su voz ha sido silenciada por la enfermedad, la pobreza o el abandono.

No podemos seguir normalizando la indiferencia disfrazada de “tendencia viral”.
Es tiempo de hacer una pausa, mirar con empatía y preguntarnos:
¿Qué tipo de sociedad queremos construir?