En el corazón rural del oriente antioqueño, yace una historia de vida que parece desafiar el paso del tiempo. Julio Enrique Saldarriaga Hernández acaba de cumplir 112 años, se ha convertido oficialmente en el hombre más longevo de Colombia, y su historia ya trasciende lo anecdótico para adentrarse en lo sorprendente.
Nacido el 30 de julio de 1913 en Cocorná, Julio creció en medio del campo, uno de diez hermanos, y desde niño trabajó la tierra, quemó carbón, cortó madera y vendió productos recorriendo a pie las veredas cercanas. Esa conexión con la naturaleza, el trabajo duro desde joven y la vida sencilla parecen ser algunos de los ingredientes de su longevidad.
En 1935 se casó con María Calista García y juntos formaron una familia que creció. De esa unión nacieron 19 hijos, y con el paso de los años sus descendientes suman 180 personas entre hijos, nietos, bisnietos y tataranietos. Aunque María Calista ya falleció, cerca de los 100 años, su recuerdo sigue vivo en cada gesto, en cada reunión familiar, en cada abrazo de sus herederos.
Julio vive hoy en El Carmen de Viboral, rodeado del cariño de sus hijas y nietas que lo cuidan con devoción. Antes de la pandemia, gozaba de autonomía, salía a caminar solo por las calles del pueblo, compartía con vecinos, amigos y disfrutaba de la vida social. Con la llegada del aislamiento su movilidad se vio limitada, pero nunca su sonrisa ni su fuerza de voluntad.
La ciencia también ha puesto sus ojos en él. Aunque todavía no se ha analizado su propio genoma, el linaje de Julio sugiere una fuerte huella genética de longevidad: su madre vivió hasta los 90, su padre hasta los 75, su hermano tiene 95 años, y su esposa estuvo cerca de alcanzar los 100. Además, estudios de otros centenarios muestran que vivir en un entorno social activo, tener vínculos familiares sólidos, compartir momentos cotidianos, pueden jugar un papel tan importante como los genes.
Hoy Julio Enrique no solo representa récords, sino también esperanza. Su vida es testimonio de que longevidad no es sólo cuestión de años, sino de sentido de pertenencia, de respeto, de comunidad, de memorias compartidas. Y aún lo escuchas decir con buen humor: “¿Hay tiempo pa’ un ron más?”, mostrando que aún tiene ganas de vivirla, quizá disfrutando del sol, de la música de siempre, del aroma de la tierra que lo vio nacer.

