Instagram y TikTok se han consolidado como dos de las plataformas más influyentes del ecosistema digital contemporáneo. Con millones de usuarios activos a diario y un alto nivel de interacción, estas redes sociales marcan tendencias, moldean discursos y definen formas de relacionamiento, especialmente entre jóvenes y adolescentes. Sin embargo, junto a su crecimiento exponencial, también se han convertido en los escenarios donde más se denuncian casos de acoso digital, una problemática que preocupa a familias, educadores y expertos en salud mental.
El carácter visual de ambas plataformas es uno de los principales factores que explican la alta incidencia de bullying digital. Fotografías, videos cortos y transmisiones en vivo exponen de manera constante la imagen personal, abriendo la puerta a comentarios ofensivos, burlas públicas y juicios permanentes sobre el cuerpo, la apariencia, el estilo de vida o las opiniones. En este contexto, la validación a través de “likes” y seguidores se transforma en una presión social que puede derivar fácilmente en violencia simbólica y psicológica.
En Instagram, el acoso suele manifestarse mediante comentarios agresivos en publicaciones, mensajes privados intimidantes y ataques coordinados desde cuentas falsas. Las historias y los reels, por su carácter efímero y viral, también se han convertido en espacios donde se difunden mensajes de odio que, aunque desaparezcan en pocas horas, dejan un impacto emocional duradero en las víctimas. A esto se suma la facilidad para crear perfiles anónimos, lo que refuerza la sensación de impunidad entre los agresores.
TikTok, por su parte, enfrenta una dinámica distinta pero igualmente preocupante. La viralidad es el corazón de la plataforma, y un solo video puede alcanzar millones de visualizaciones en cuestión de horas. Este alcance masivo ha dado lugar a fenómenos de burla colectiva, imitaciones humillantes y ataques en cadena, donde cientos o miles de usuarios participan en el acoso sin ser plenamente conscientes del daño que provocan. En muchos casos, la violencia se disfraza de humor o entretenimiento, normalizando prácticas profundamente dañinas.
Las denuncias por acoso digital en estas redes han aumentado de manera sostenida. Organizaciones defensoras de derechos digitales y expertos en ciberseguridad advierten que los jóvenes son el grupo más vulnerable, ya que pasan gran parte de su tiempo en estas plataformas y construyen allí su identidad social. El miedo a la exposición pública, al rechazo o a perder seguidores hace que muchas víctimas opten por el silencio, prolongando el impacto del acoso.
Aunque Instagram y TikTok han implementado herramientas para denunciar contenido abusivo, filtrar comentarios y bloquear usuarios, la efectividad de estas medidas sigue siendo cuestionada. La rapidez con la que se propaga el contenido ofensivo supera, en muchos casos, la capacidad de respuesta de las plataformas. Además, los procesos de denuncia suelen resultar complejos o poco claros para los usuarios más jóvenes.
El auge del acoso digital en Instagram y TikTok plantea un desafío urgente para la sociedad. Expertos coinciden en que la solución no depende únicamente de la tecnología, sino también de la educación digital, la promoción de la empatía y el fortalecimiento de una cultura del respeto en entornos virtuales. Mientras estas redes sigan siendo parte central de la vida cotidiana, el reto será garantizar que no se conviertan en espacios de violencia normalizada, sino en escenarios de expresión segura y responsable.

