En la actualidad nos encontramos con ideales que la sociedad de consumo ha autoimpuesto a los seres humanos, tales como el dinero, el placer y el poder que desvirtúan y denigran la dignidad de la persona y de los pueblos; trilogía de la corrupción la llama el filósofo Alain Badiou.
Nadie pone en duda que el dinero es una necesidad en el mundo actual. Si se lo suprimiera sería inimaginable la sociedad moderna. Sabemos también que el dinero no es algo “perverso» y que es posible hacer de él un uso moral, conforme a los designios de Dios, si se lo maneja como quien administra algo que El ha puesto en nuestras manos y de cuyo empleo habrá que darle cuentas.
También tengamos en cuenta que el dinero corrompe el corazón, el poder enreda la cabeza y el placer doblega la voluntad. En muchos casos el dinero, el poder y el placer son ideales que todo individuo quiere conseguir para ser pleno, feliz y sentirse realizado, sin embargo, no dan plenitud, ni felicidad ni realización personal.
Dichos ideales son cautivadores, minimizan las capacidades reflexivas de la persona, y se terminan convirtiendo en un dios al que es menester rendirse y adorarle, es decir, se han convertido en un ídolo y por ello el hombre comete pecado de idolatría. Y es que la idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo.
Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de ideologías, de placer, de la raza, de los antepasados, del estado, del dinero, etc.
En el pecado de idolatría divinizamos lo que no es Dios, colocamos algo como centro absoluto de nuestra vida que sólo debería corresponder al Dios único y vivo. La confianza plena y absoluta la ponemos en el dinero, o en cualquiera otra cosa entonces incurrimos en pecado de idolatría, pues les atribuimos poderes que no les corresponden.
Pero es que la fascinación del dinero y el poder que promete otorgarnos es lo que nos atrae, lo que enceguece nuestra mirada sin poder ir más allá del objeto de nuestra fascinación, y sin poder reconocer que Dios es Dios más allá de lo que el dinero nos pueda otorgar.
El Papa Francisco dice enérgicamente no a la nueva idolatría del dinero, no a una economía sin rostro y sin objetivo verdaderamente humano, La idolatría del dinero debe desarticularse por el amor a Dios y por amor al prójimo, como un acto de justicia y caridad en favor de los menos favorecidos.
No hemos traído nada al mundo, y nada podemos llevarnos de él. Los que quieren enriquecerse a manos llenas caen en la tentación, en el lazo y en muchas codicias insensatas y perniciosas que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raíz de todos los males es el afán del dinero, y algunos, por dejarse llevar de el se extravían en la fe y se atormentan con muchos dolores.



