Del fondo del océano al laboratorio: los hongos que podrían revolucionar la lucha contra los residuos plásticos

La contaminación por plásticos se ha convertido en uno de los problemas ambientales más persistentes del planeta. Una vez que los residuos llegan al mar, el viento, las corrientes, la radiación solar y la acción mecánica de las olas pueden fragmentarlos progresivamente hasta convertirlos en partículas cada vez más pequeñas, incluidos los llamados microplásticos.

Frente a este escenario, la biotecnología ambiental está explorando una posibilidad que hace algunos años parecía difícil de imaginar: utilizar microorganismos marinos y las enzimas que producen para ayudar a romper determinados polímeros plásticos.

Los resultados más recientes muestran que esta línea de investigación está avanzando. En 2026, científicos demostraron que un hongo marino del género Cladosporium puede degradar poliuretano en condiciones de agua de mar, mientras investigaciones anteriores habían demostrado que otro hongo marino, Parengyodontium album, es capaz de mineralizar polietileno previamente tratado con luz ultravioleta.

Sin embargo, todavía no existe una solución capaz de eliminar de manera rápida y generalizada los microplásticos del océano. Los experimentos se encuentran principalmente en fases de laboratorio o en sistemas controlados, y existen grandes desafíos antes de pensar en una aplicación ambiental a gran escala.

El problema de los microplásticos en los océanos

Los plásticos convencionales están diseñados para ser resistentes. Esa característica, que los hace útiles para fabricar envases, componentes industriales, textiles y numerosos productos de consumo, también provoca que permanezcan durante largos periodos en el ambiente.

En el océano, los residuos plásticos no necesariamente desaparecen: pueden fragmentarse por acción de la radiación ultravioleta, la temperatura y las fuerzas físicas. De esta manera se generan partículas pequeñas conocidas como microplásticos.

Estas partículas pueden encontrarse tanto en las aguas superficiales como en sedimentos y ecosistemas marinos. Además, las superficies de los plásticos pueden convertirse en lugares de colonización para microorganismos, formando comunidades conocidas como plastisferas.

Precisamente esa relación entre microorganismos y plástico ha despertado el interés de los investigadores. Algunos hongos y bacterias producen enzimas capaces de atacar determinados enlaces químicos presentes en los polímeros.

La dificultad está en que no todos los plásticos tienen la misma composición química. El polietileno, el polipropileno, el poliestireno, el PET y el poliuretano poseen estructuras diferentes y, por tanto, requieren mecanismos de degradación distintos.


Un hongo marino que puede degradar polietileno

Uno de los descubrimientos que más llamó la atención en los últimos años fue el de Parengyodontium album, un hongo marino aislado de residuos plásticos flotantes en el giro subtropical del Pacífico Norte.

El estudio fue realizado por investigadores del Royal Netherlands Institute for Sea Research (NIOZ), la Universidad de Utrecht, The Ocean Cleanup y otras instituciones internacionales, y fue publicado en Science of the Total Environment.

Los científicos descubrieron que el microorganismo podía degradar polietileno (PE), uno de los plásticos más abundantes en los residuos que llegan al océano.

Pero existe una condición fundamental: el material debía haber sido previamente expuesto a radiación ultravioleta.

La luz solar modifica químicamente el polietileno y facilita que posteriormente el microorganismo pueda actuar sobre él. En otras palabras, el hongo no constituye una especie de «aspiradora biológica» capaz de consumir cualquier plástico directamente.

Los experimentos mostraron que P. album podía mineralizar el polietileno tratado con luz ultravioleta y convertir parte del carbono del polímero en dióxido de carbono.

¿Qué tan rápido lo hace?

Aquí aparece una de las principales limitaciones.

En los experimentos publicados en 2024, la tasa de mineralización del polietileno tratado con radiación ultravioleta fue de aproximadamente 0,044 % del material inicialmente añadido por día durante un periodo de nueve días.

Es un resultado científicamente importante porque demuestra que el plástico puede convertirse en una fuente de carbono para el hongo.

Pero está muy lejos de significar que el microorganismo pueda limpiar rápidamente un océano contaminado.

De hecho, los propios investigadores señalaron que la incorporación del carbono proveniente del polietileno a la biomasa del hongo era pequeña. La mayor parte del carbono mineralizado terminaba como dióxido de carbono.


La investigación más reciente apunta al poliuretano

Un avance diferente llegó en 2026 con Cladosporium oxysporum SCSIO 81042, un hongo de origen marino estudiado por investigadores vinculados al South China Sea Institute of Oceanology y otras instituciones chinas.

En este caso, el objetivo no fue el polietileno, sino el poliuretano (PU), un material utilizado en numerosos productos industriales y que también puede contribuir a la contaminación por microplásticos.

Los investigadores comprobaron que el hongo podía mantener actividad en condiciones similares al agua de mar y degradar determinados materiales de poliuretano.

Los resultados fueron especialmente llamativos en una dispersión comercial de poliuretano denominada Impranil DLN.

Bajo condiciones de salinidad simulada, el microorganismo consiguió degradar alrededor del 94,5 % de Impranil DLN en cuatro días. En agua de mar natural, la degradación de una concentración del 0,1 % del material fue prácticamente completa en siete días.

Además, los investigadores comprobaron que el hongo provocaba alteraciones estructurales en películas y espumas de poliuretano.

No obstante, hay una diferencia importante entre estos resultados y afirmar que el hongo puede eliminar grandes cantidades de microplásticos presentes en el océano.

El experimento utilizó sustratos específicos y condiciones controladas, por lo que todavía es necesario comprobar cómo funcionaría el proceso frente a residuos plásticos reales, mezclados con otros contaminantes y expuestos a las condiciones variables del ambiente marino.


¿Dónde entran las enzimas?

La parte más interesante desde el punto de vista de la biotecnología está precisamente en las enzimas.

Los hongos pueden producir diferentes proteínas capaces de modificar o romper moléculas complejas. Entre las enzimas que se han relacionado con procesos de degradación de polímeros se encuentran esterasas, lipasas, peroxidasas, lacasas y otras enzimas oxidativas o hidrolíticas.

En términos simplificados, una enzima puede actuar como un catalizador biológico.

Los polímeros plásticos están formados por largas cadenas moleculares. Dependiendo del tipo de plástico, determinadas enzimas pueden atacar enlaces específicos y fragmentar esas estructuras en moléculas más pequeñas.

El objetivo de la investigación moderna no es necesariamente liberar grandes cantidades de hongos directamente al océano.

Una estrategia potencialmente más controlable consiste en identificar las enzimas responsables de la degradación, estudiarlas y posteriormente producirlas o modificarlas en condiciones industriales.

Esto permitiría diseñar sistemas de tratamiento de residuos donde las enzimas trabajen sobre el plástico sin necesidad de introducir organismos vivos en ecosistemas naturales.


¿Y qué ocurre con los hongos de las profundidades abisales?

Aquí aparece una parte importante de la confusión.

Sí existen investigaciones recientes sobre hongos abisales, es decir, organismos capaces de vivir en ambientes extremadamente profundos, sometidos a alta presión, bajas temperaturas y condiciones químicas particulares.

Un estudio publicado en 2026 analizó al hongo Purpureocillium lilacinum FDZ8Y1, aislado de sedimentos de la Fosa de las Marianas, una de las regiones más profundas del planeta.

Los investigadores estudiaron específicamente su producción y actividad de quitinasa, una enzima relacionada con la degradación de quitina, no con la degradación de microplásticos.

La investigación resulta relevante para la biotecnología porque demuestra que las enzimas producidas por microorganismos que viven bajo condiciones extremas pueden presentar características interesantes cuando se someten a altas presiones.

Pero no debe confundirse este descubrimiento con una enzima abisal que degrade microplásticos.

Hasta la evidencia científica localizada para esta nota, esa afirmación concreta no está respaldada.


¿Por qué interesan tanto los microorganismos marinos?

Los organismos que viven en el océano tienen que adaptarse a condiciones que pueden ser muy diferentes de las presentes en tierra.

Dependiendo del hábitat, pueden estar sometidos a:

  • Alta salinidad.
  • Bajas temperaturas.
  • Elevadas presiones hidrostáticas.
  • Escasez de nutrientes.
  • Cambios de pH.
  • Ausencia o baja disponibilidad de oxígeno.
  • Alta presión osmótica.

Por ello, sus enzimas pueden presentar propiedades potencialmente útiles para procesos industriales.

Una enzima que mantenga actividad en ambientes salinos, por ejemplo, podría ser especialmente interesante para tratar residuos que no pueden ser procesados fácilmente mediante sistemas convencionales.

La investigación sobre Cladosporium oxysporum resulta llamativa precisamente por esto: el microorganismo mantuvo una elevada capacidad de degradación en condiciones de agua de mar y mostró actividad sobre diferentes estructuras de poliuretano.


Una nueva generación de biotecnología contra la contaminación plástica

La investigación no se limita a encontrar organismos capaces de «comer» plástico.

Una de las líneas más prometedoras consiste en identificar qué proteínas y rutas metabólicas permiten a los microorganismos atacar los polímeros.

En el caso del C. oxysporum, el análisis de los productos metabólicos mostró que el microorganismo puede hidrolizar enlaces de tipo éster y uretano presentes en el poliuretano.

Además, el estudio probó el uso de nanopartículas de quitosano como elemento auxiliar para mejorar la adhesión del microorganismo al sustrato.

La hipótesis es sencilla: si el microorganismo puede establecer un contacto más eficiente con el material, sus mecanismos de degradación pueden funcionar mejor.

Los resultados sugieren que esta estrategia podría incrementar la eficiencia de degradación, aunque los propios investigadores señalan que todavía existen interrogantes relacionados con la degradación de espumas complejas de poliuretano, el destino ambiental de las nanopartículas y la competencia con otros microorganismos.


También existen proyectos para reciclar plásticos marinos mediante enzimas

La investigación académica está comenzando a trasladarse hacia proyectos específicamente orientados a la recuperación de residuos.

En 2026 se puso en marcha OCEANENZYME, una iniciativa internacional en la que participa el Institut de Ciències del Mar (ICM-CSIC) y que busca desarrollar soluciones de reciclaje enzimático para residuos plásticos marinos.

El proyecto contempla la recolección y caracterización de residuos plásticos procedentes de distintas regiones del Atlántico Norte y del Mediterráneo occidental, con el objetivo de investigar tecnologías capaces de transformar plásticos degradados en nuevos recursos.

Este tipo de proyectos muestra hacia dónde podría dirigirse la biotecnología ambiental: no solamente destruir el plástico, sino recuperar sus componentes y reincorporarlos a procesos productivos.


El gran desafío: pasar del laboratorio al océano

Que un microorganismo degrade plástico en un laboratorio no significa que pueda resolver la contaminación en el océano.

La diferencia entre ambas situaciones es enorme.

En un laboratorio, los científicos pueden controlar la temperatura, la salinidad, el pH, la concentración del plástico, el tamaño de las partículas y la disponibilidad de nutrientes.

En el océano, en cambio, los plásticos están mezclados con arena, materia orgánica, microorganismos, metales, contaminantes químicos y otros materiales.

Además, las partículas pueden desplazarse grandes distancias y encontrarse en concentraciones extremadamente bajas.

Por esta razón, liberar deliberadamente un microorganismo modificado o una enzima en el océano no sería una solución sencilla.

También habría que evaluar qué productos genera la degradación y si estos podrían representar nuevos riesgos ambientales.


Otro problema: degradar plástico no siempre significa eliminarlo

La palabra «degradación» puede resultar engañosa.

Romper físicamente un plástico en fragmentos más pequeños no necesariamente significa eliminarlo. De hecho, la fragmentación puede contribuir a generar microplásticos y nanoplásticos.

Para que una estrategia biotecnológica sea realmente útil, los investigadores necesitan demostrar que el polímero está siendo transformado mediante procesos químicos y metabólicos y determinar qué productos finales se generan.

En el estudio de Parengyodontium album, por ejemplo, los científicos utilizaron polietileno marcado con carbono-13 para seguir el destino del carbono y demostrar que una parte del material era mineralizada hasta convertirse en dióxido de carbono.

Ese tipo de metodología es importante porque permite distinguir entre una simple alteración superficial del plástico y una verdadera transformación química del polímero.


¿Podría esta tecnología limpiar los océanos?

Por ahora, no.

Los resultados son prometedores, pero no existe actualmente una tecnología basada en hongos capaz de eliminar de forma masiva y rápida los microplásticos presentes en los océanos.

Los avances deben entenderse como piezas de una investigación mucho más amplia.

El hallazgo de P. album demuestra que un hongo marino puede participar en la degradación de polietileno bajo determinadas condiciones. El estudio de C. oxysporum demuestra que un hongo marino puede degradar poliuretano en condiciones de agua de mar. Y las investigaciones sobre hongos abisales demuestran que los microorganismos de ambientes extremos pueden producir enzimas con propiedades particulares.

El siguiente paso será determinar si esas capacidades pueden convertirse en procesos industriales seguros, eficientes y económicamente viables.


La biotecnología busca en lugares extremos las soluciones del futuro

Los fondos marinos continúan siendo uno de los ecosistemas menos explorados del planeta. Allí existen microorganismos que han evolucionado durante millones de años bajo condiciones extremas.

Cada nuevo organismo estudiado puede contener enzimas con propiedades que todavía no han sido aprovechadas por la industria.

Por eso, aunque no esté demostrado que un hongo abisal haya proporcionado ya una enzima capaz de acelerar la degradación de microplásticos en agua salada, la idea general detrás de la afirmación sí coincide con una tendencia científica real: investigadores de todo el mundo están buscando en microorganismos marinos nuevas herramientas para combatir la contaminación por plástico.

El verdadero desafío será transformar estos descubrimientos de laboratorio en tecnologías capaces de tratar residuos a gran escala sin crear nuevos problemas ambientales.

La solución, por tanto, probablemente no estará en soltar hongos en el océano para que «se coman» el plástico, sino en comprender sus mecanismos biológicos y convertirlos en procesos controlados de reciclaje, tratamiento y recuperación de materiales.

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