¿Hasta cuándo esperará Nariño?  

Por: Jhorman Montezuma

Nariño es un departamento de riqueza cultural inmensa, reconocido a nivel nacional e internacional por el Carnaval de Negros y Blancos, una de sus mayores expresiones de identidad. Sin embargo, más allá del brillo de la fiesta, persiste una pregunta incómoda: ¿cuántos años más tendremos que esperar para que el desarrollo económico no dependa únicamente del comercio estacional y de unos pocos momentos del año?

Pasto y Nariño han crecido alrededor de una economía basada principalmente en el comercio y los servicios. Si bien estos sectores son fundamentales, no son suficientes para sostener un desarrollo sólido, estable y competitivo. La ausencia de industria, de inversión productiva y de políticas claras para atraer empresas ha dejado al departamento rezagado frente a otras regiones del país.

Cada inicio de año, el Carnaval dinamiza la economía local: hoteles llenos, restaurantes activos, comercio en auge. Pero una vez termina la fiesta, la realidad regresa. El empleo vuelve a ser inestable, las oportunidades escasean y la dependencia del día a día se hace evidente. No puede ser que el motor económico más fuerte sea una celebración, por más importante y valiosa que esta sea.

En este contexto, resulta inevitable mirar el escenario político nacional. En época electoral, especialmente rumbo a la Presidencia, Nariño se convierte en parada obligatoria para los candidatos. Todos llegan con discursos, promesas y compromisos. Hablan de desarrollo, de inversión, de integración regional. Pero una vez alcanzan el poder, el departamento vuelve a quedar en segundo plano.

La sensación de abandono es real. Nariño sigue esperando proyectos estructurales que impulsen la industria, que generen empleo formal y que permitan aprovechar su ubicación estratégica como puerta hacia el sur del continente. La cercanía con Ecuador debería ser una ventaja competitiva, pero hoy se ha convertido en un factor de incertidumbre.

La crisis con el país vecino ha golpeado fuertemente la economía regional. El comercio fronterizo, que durante años fue una fuente importante de ingresos, se ha visto afectado por restricciones, inseguridad y cambios en las dinámicas binacionales. Esto ha dejado a muchos sectores en una situación crítica, evidenciando la falta de diversificación económica del departamento.

Nariño no puede seguir dependiendo de factores externos o de temporadas específicas. Necesita una apuesta real por la industrialización, por la agroindustria, por la transformación de sus productos y por la generación de valor agregado. Tiene talento, recursos y ubicación; lo que falta es decisión política y gestión efectiva.

El llamado a los candidatos presidenciales es claro: no basta con venir en campaña. Se necesita compromiso real, presencia institucional y ejecución. Nariño no puede seguir siendo una promesa electoral que se olvida después de las urnas.

También es momento de que la dirigencia regional levante la voz con mayor firmeza. Gobernación, alcaldías, gremios y sector privado deben trabajar de manera articulada para exigir y construir soluciones. El desarrollo no llegará por inercia; debe ser gestionado con visión y unidad.

La ciudadanía, por su parte, tiene un papel clave. Elegir con criterio, exigir resultados y no conformarse con discursos vacíos. El futuro del departamento también depende de la capacidad de sus habitantes para no repetir los mismos errores electorales.

¿Cuántos años más tendremos que esperar? Esa es la pregunta que sigue sin respuesta. Lo cierto es que Nariño no puede seguir viviendo solo de su cultura y su comercio. Necesita industria, inversión y oportunidades reales.

Porque el desarrollo no puede ser una promesa eterna. Debe convertirse, de una vez por todas, en una realidad.

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