¡GRACIAS SEÑORA LUNA!

JORGE HERNANDO CARVAJAL PÉREZ

Confieso, sin pena, pero con algo de nostalgia, que mi relación con la Luna nunca fue precisamente romántica. Mientras medio planeta suspiraba mirando al cielo y soñaba con astronautas, yo —junto a mis hermanos— tenía intereses mucho más terrenales: queríamos televisión. Así, sin metáforas. No queríamos gorrear más pantalla chica, donde mis primos, quienes por tener el bendito aparato se creían de mejor familia.

Todo empezó con aquello que en mi memoria infantil quedó registrado como la llegada del hombre a la Luna, ese 20 de julio de 1968 (o 69, o lo que sea… en esa época uno no estaba para fechas sino para ver muñequitos). El caso es que el evento fue tan grande, tan espectacular, tan vendido como si fuera la final de un mundial de fútbol, que en mi casa ocurrió el verdadero milagro: mis padres decidieron comprar un televisor.

Sí, la Luna no solo inspiró poemas y canciones, también aflojó bolsillos.

Recuerdo el momento como si fuera ayer. El aparato llegó a la sala como un rey recién coronado. Mis padres hablaban de historia, de ciencia, de humanidad dando un gran paso… mientras nosotros, mis hermanos y yo, hacíamos cálculos mucho más importantes: ¿a qué hora daban Los Picapiedra? ¿y Los Intocables?

Porque, seamos honestos, a nosotros la Luna nos importaba un pito.

Mientras los adultos pegaban el ojo a la pantalla esperando ver astronautas brincando como con resorte, nosotros solo queríamos que terminara esa transmisión “histórica” para que empezara lo bueno. Y lo bueno no era Neil Armstrong ni sus frases elegantes, sino Pedro Picapiedra gritando “¡Wilmaaa!” o Eliot Ness persiguiendo mafiosos.

Eso sí, había que disimular. De vez en cuando mirábamos la pantalla con cara de interés, asentíamos como si entendiéramos algo y luego volvíamos a nuestro tema: “¿ya casi se acaba esto?”

Pero no todo fue en vano. Gracias a ese alboroto lunar, nuestra casa entró oficialmente en la modernidad. La televisión se convirtió en el centro del universo familiar, mucho más que la propia Luna. Y aunque nunca desarrollé un amor profundo por los satélites naturales ni por las misiones espaciales, sí aprendí a valorar lo verdaderamente importante: el poder de un buen dibujo animado en blanco y negro.

Así que hoy, tantos años después, hago las paces con ese viejo satélite. Gracias, Luna. No por inspirar a la humanidad… sino por lograr que en mi casa compraran un televisor.

Y eso, sinceramente, fue un salto mucho más grande para nosotros. Más significativo que los pasos que dieron los astronautas en la Luna.

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